II, 2.16 - Iglesia, nobleza y delincuencia organizada en Rinconete y Cortadillo



Crítica de la Razón Literaria
El Materialismo Filosófico como Teoría de la Literatura

Jesús G. Maestro
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Iglesia, nobleza y delincuencia organizada 
en Rinconete y Cortadillo





Iglesia, nobleza y delincuencia organizada en Rinconete y Cortadillo

Referencia II, 2.16


Si quieren que no hable o escriba, córtenme la lengua y las manos, y aun entonces pondré la boca en las entrañas de la tierra, y daré voces como pudiere […]. ¿Por qué ha de esperar el que obra mal que digan bien dél?
Miguel de Cervantes (Persiles, I, 14)



Rinconete y Cortadillo es la tercera de las Novelas ejemplares de Miguel de Cervantes. Nos ha llegado a través de dos versiones: la impresa en 1613 y la del manuscrito de Porras de la Cámara. Una de estas versiones se hallaba en la maleta que un desconocido olvida en la venta de Juan Palomeque, en la primera parte del Quijote (I, 32). La misma maleta que contenía la novela de El curioso impertinente.

Críticos como Maurice Molho (2005: 147) han identificado la estructura de Rinconete y Cortadillo con una mesa de juegos de azar, con un despliegue de trucos, es decir, una fullera combinación de azares y trampas. El azar da lugar a estructuras indeterministas. La trampa, por su parte, es siempre una forma de emboscar el azar. Es una ordenación que la astucia dirige contra el azar.

Frente a todo posible azar, un determinismo psicológico y social, propio de maleantes y tahúres, inclina la conducta de Rincón y Cortado. Pedro del Rincón, alias Rinconete, es hijo de un buldero, sin duda veterano galeote, pues rincón es “galera” en germanía. Diego Cortado, apodado Cortadillo por Monipodio, quién parece pretender hacer un chiste con el neófito, es probablemente hijo de un renegado, pues tal es el significado de cortado en germanía[1]. ¿Logran sobrevivir Rincón y Cortado al determinismo psicosocial del mundo del hampa? No lo sabemos. Sí parece que no se quedarán definitivamente en la Sevilla de Monipodio.

La fábula de la novela parece moverse, sin materializar una síntesis, entre el azar y el determinismo como dos polos antitéticos.

Todo parece suceder en la novela como por acaso, es decir, “por casualidad”. La narración arranca en la venta del Molinillo, camino de Sevilla, donde Rincón y Cortado “se hallaron en ella acaso” (161). Su encuentro se debe al azar, y contra el indeterminismo del azar usarán la eficacia de la trampa, del truco y del ardid, al más puro estilo del Cervantes prologuista de sus moralizantes Novelas ejemplares, que no tiene ninguna dificultad en apelar gravemente a la vida ultraterrena en los términos lúdicos y frívolos de un jugador de cartas: “Mi edad no está ya para burlarse con la otra vida, que al cincuenta y cinco de los años gano por nueve más y por la mano” (19)[2]

Nuevamente estamos aquí muy cerca de la despresurización estilística de un grave Durandarte, eternamente moribundo, que, visitado en la cueva de Montesinos por don Quijote, recomienda, en términos igualmente un tanto tabernarios, “paciencia y barajar” (Quijote II, 23: 822). Es una de las características del sarcasmo, y en cierto modo también de la parodia, el uso de formas chistosas para apelar a contenidos nobles, es decir, servirnos materiales de alguna manera sagrados en formas de muchas maneras afectadas por la impostura. Cervantes se refiere a los dogmas siempre desde el formato de una impostura discreta y disimulada. Es su forma más eficaz y recurrente de ejercer la crítica social, política y religiosa, siempre y exclusivamente desde el lenguaje literario. El resultado será irreverente, irónico, heterodoxo, disidente. Si no un sacrilegio, sin duda una profanación. 

Toda la obra de Cervantes se construye sobre la agudeza de este tipo de formulaciones dialécticas, en las cuales la ironía se constituye en eje fundamental de rotación narrativa. Cervantes apela retóricamente —es decir, sofísticamente— a la moral consagrada, y una vez afincado en ella y seguro en tal posición, políticamente correcta en su época, expone una y otra vez al lector, bien contenidos irreverentes en formas pletóricas de pulcritud (el caso más flagrante es el de una tragedia deicida como Numancia), bien materiales graves y serios expresados de forma lúdica, en los términos de una normativa propia de tahúres (Rinconete y Cortadillo), de criaturas determinadas por la anomia (don Quijote, Tomás Rodaja, Carrizales, Cipión y Berganza...), o de profesionales del engaño (Chirinos y Chanfalla), el disfraz (Pedro de Urdemalas) o la disimulación (Persiles y Sigismunda). Cervantes no es apto para ingenios ingenuos, es decir, para estudiosos de la literatura cuyos conocimientos racionales están determinados y limitados por sus creencias irracionales. Cervantes no admite la crítica literaria confesional.

El azar se interrumpe cuando Rincón y Cortado son conducidos al espacio de Monipodio, auténtica polis del hampa, supremo Estado normativo de la delincuencia criminal y de la devoción religiosa.

El espacio de Monipodio es una organización social efectiva, en la que las fuerzas del orden son ladrones profesionales y organizados. Los delincuentes funcionan como una red policial, alternativa y combinada con ciertos alguaciles y con determinados nobles que solicitan sus servicios. Es un mundo al revés, en el que el ladrón hace la guardia, custodiando la salud física y el orden moral del gremio. Rincón y Cortado han robado al azar, e inmediatamente la organización de Monipolio les llama al orden, advirtiéndoles de la existencia de normas y convenios en el ejercicio del latrocinio. No en vano Monipodio remite a “monopolio”, en este caso, del crimen, dirigido desde un único pie o fundamento (mono-podo).

La cohesión del grupo se establece mediante normas morales, que Monipodio exige cumplir rigurosamente. Y también mediante usos lingüísticos. Los súbditos de Monipodio comparten un lenguaje propio, que Rincón y Cortado no comprenden inicialmente. El discurso de Monipodio está lleno de prevaricaciones lingüísticas.

La única moral efectivamente existente es la de los malvados. La moral hace del ser humano un malvado, en primer lugar, porque lo identifica como miembro de un grupo al que queda subordinado, y en segundo lugar porque la moral siempre es un sacrificio de la ética. El grupo sacrificará a los individuos que haga falta para sobrevivir como grupo. La única moral posible es la del grupo. No hay moralidades individuales, sino gremiales. De este modo, el bien solo es posible en los límites de la ética. Cuando el bien desaparece, la ética se convierte en moral. Y entonces se habla del bien común, del bien de todos. El bien no es cosa del individuo, del yo, sino del nosotros. El bien es cosa del grupo, el bien es “cosa nostra”. Ésa es la moral de Monipodio y sus cofrades.

Dos prácticas morales caracterizan el desarrollo de las normas y actividades profesionales de Monipodio y sus fraternales súbditos: la comisión de delitos y crímenes sociales, nunca contra los estamentos nobiliarios ni eclesiásticos, y la práctica de la devoción religiosa, siempre observada y cumplida por los criminales cofrades. Se observa, desde este punto de vista, que las normas del mundo de Monipodio no son tan ajenas, y mucho menos tan antitéticas, a las del mundo exterior, esto es, a la sociedad constituida por la jurisprudencia del Rey y de la Iglesia, en otras palabras, al Estado español contemporáneo a Rincón y Cortado, y al propio Cervantes, donde el respeto a la nobleza, a la corona y a la iglesia eran, como en la mafiosa familia monipódica, riguroso objeto de Ley. 

La moralidad del mundo al revés coincide con la moralidad del mundo oficial. Uno y otro mundo solo difieren en los sujetos que ejecutan la praxis del orden moral: rufianes en un caso, autoridades civiles y eclesiásticas en el otro. El objeto de la praxis moral es, en ambos mundos, el mismo: la clase media burguesa. En esta novela —titulada, para mayor ironía, de ejemplar—, ni rufianes, ni nobles, ni curas, son objeto de agresión, ni por la jurisprudencia criminal de Monipodio, ni por la jurisprudencia estatal de la Corona. Vemos aquí, sutilmente coordinadas, las tres grandes instituciones humanas que, de forma irónica o paródica, pueblan una y otra vez la literatura cervantina: los parias, los aristócratas y los eclesiásticos. Viven, de hecho, protegidos unos por otros. Los delincuentes son devotos, religiosos, misericordiosos. No forman una banda cualquiera, sino una hermandad, esto es, una cofradía, un grupo ejemplar de devotos criminales. En absoluto son enemigos de la Iglesia, donde siempre podrán encontrar acomodo, si llega el caso, acogiéndose a sagrado. Algunos de los chivatos más eficaces de Monipodio son personas de suprema devoción eclesiástica. Escandalosa resulta, sin duda, la descripción de los avispones, que el autor pone en boca de Monipodio[3]:

Rinconete, que de suyo era curioso, pidiendo primero perdón y licencia, preguntó a Monipodio que de qué servían en la cofradía dos personajes tan canos, tan graves y apersonados. A lo cual respondió Monipodio que aquellos, en su germanía y manera de hablar, se llamaban avispones, y que servían de andar de día por toda la ciudad, avispando en qué casas se podía dar tiento de noche, y en seguir los que sacaban dinero de la Contratación o Casa de la Moneda, para ver dónde lo llevaban, y aun dónde lo ponían; y en sabiéndolo, tanteaban la groseza del muro de la tal casa y diseñaban el lugar más conveniente para hacer los guzpátaros —que son agujeros— para facilitar la entrada. En resolución, dijo que era la gente de más o de tanto provecho que había en su hermandad, y que de todo aquello que por su industria se hurtaba llevaban el quinto, como su Majestad de los tesoros; y que, con todo esto, eran hombres de mucha verdad, y muy honrados, y de buena vida y fama, temerosos de Dios y de sus conciencias, y cada día oían misa con estraña devoción (200).

A su vez, los principales clientes del mafioso sevillano son nobles, que necesitan ajustar cuentas con ciertos comerciantes, mercaderes u otros modestos agentes financieros. La justicia, por su parte, sabe que puede acudir a Monipodio si algún robo afrentoso afecta a la Iglesia católica o a la nobleza sevillana. El contenido del hurto siempre será justamente retribuido. Curas, hidalgos y rufianes viven mutuamente protegidos. La novela no disimula ni un ápice el escandaloso contubernio entre iglesia, nobleza y delincuencia organizada.

El relato se enfoca desde la desembocadura del inframundo moral de la delincuencia, que representa la cofradía de Monipodio, en la cual, por razones que no llegan a explicarse en ningún punto de la novela, Rincón y Cortado no se integran. De hecho, nunca llegan a identificarse plenamente con los delincuentes ante los cuales comparecen. La novela no se resuelve en una síntesis o Aufhebung que unifique la trayectoria de Rincón y Cortado con la cofradía de Monipodio. La relación entre unos y otros es más bien asintótica. Se aproximan, sin unirse. Contactan, sin tocarse. Incluso en el desenlace, la novela mantiene su dialéctica. No hay comunión de Rincón y Cortado con los rufianes sevillanos. Ni con la nobleza. Ni con la Iglesia.

Rincón y Cortado no hablan el mismo lenguaje que los cofrades de Monipodio. Incluso ríen las prevaricaciones lingüísticas del cofrade mayor. Los mozuelos han robado a un hombre de iglesia, cuyo hurto exige el alguacil a Monipodio sea tornado a su dueño. Las palabras de Monipodio revelan inequívocamente el contubernio de rufianes, agentes de la justicia y hombres de iglesia: “la bolsa se la ha de llevar el alguacil, que es de un sacristán pariente suyo […]. Más disimula este buen alguacil en un día que nosotros le solemos y podemos dar en ciento” (191).

Rincón y Cortado se sorprenden de la devoción religiosa de los criminales, en la que no son capaces de participar[4].

Al final, el determinismo de Monipodio dejará paso, nuevamente, al indeterminismo del azar que dirige las vidas de Rincón y Cortado. Su paso por Sevilla es un episodio más en su vida, nunca un fundamento para ella. Un episodio que, en manos del narrador, da cuenta, y no por azar (aunque el autor se esfuerce en presentar su novela como un relato inofensivo), de las alianzas entre la iglesia, la nobleza y la delincuencia organizada. Shakespeare y Valle-Inclán glosaron lúcidamente, entre muchos, algunas de estas alianzas. Incluso el teológico Dante, lo hizo en cierto modo, antes de Cervantes. Muchísimo después, Mario Puzzo y Francis Ford Coppola insistirán nuevamente en algunas de estas alianzas vivas y eternas.








Notas

[1] Molho vincula “cortado” a “renegado” para interpretar el origen del nombre. Sin embargo, quizá sea más expresivo ligar Cortadillo a flor de los fulleros, pues Cortadillo se hace ladrón (bajón), y es cortador de bolsas. Debo esta observación a Elena Di Pinto. Para un análisis pormenorizado y actualizado de las voces de germanía en la literatura cervantina, vid. Di Pinto (2006), así como las contribuciones de esta autora en la Gran Enciclopedia Cervantina. Sobre el mismo tema, pueden consultarse estudios clásicos como, entre otros, los de Alonso Hernández (1976 y 1979).

[2] Debe insistirse en ello citando las siguientes palabras de Molho: “El jugarse los años de la vida mortal como una combinatoria de naipes, más es de tahúr que de devoto” (Molho, 2005: 149, nota 2).

[3] “[…] dos viejos de bayeta, con antojos, que los hacían graves y dignos de ser respetados, con sendos rosarios de sonadoras cuentas en las manos” (182).

[4] Así, por ejemplo, se presenta anónimamente la madre de Monipodio: “Tras ellos entró una vieja halduda, y, sin decir nada, se fue a la sala; y habiendo tomado agua bendita, con grandísima devoción se puso de rodillas ante la imagen, y, a cabo de una buena pieza, habiendo primero besado tres veces el suelo, y levantados los brazos y los ojos al cielo otras tantas, se levantó y echó su limosna en la esportilla, y se salió con los demás al patio” (183). Con todo, la devoción religiosa no es meramente teatral, sino que muestra sus ribetes catequéticos, o incluso teológicos, en boca nada menos que del esportillero que adoctrina a Rincón y a Cortado: “Tenemos más: que rezamos nuestro rosario repartido en toda la semana, y muchos de nosotros no hurtamos el día del viernes, ni tenemos conversación con mujer que se llame María el día del sábado” (180).




Referencia bibliográfica de esta entrada


  • MAESTRO, Jesús G. (2004-2015), «Iglesia, nobleza y delincuencia organizada en Rinconete y Cortadillo», Crítica de la Razón Literaria. El Materialismo Filosófico como Teoría de la Literatura, Vigo, Editorial Academia del Hispanismo (II, 2.16), edición digital en <http://goo.gl/CrWWpK> (01.12.2015).


Bibliografía completa de la Crítica de la Razón Literaria





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