II, 2.6 - El monólogo de Pleberio en La Celestina


Crítica de la Razón Literaria
El Materialismo Filosófico como Teoría de la Literatura

Jesús G. Maestro
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Índices







El monólogo de Pleberio en La Celestina

Referencia II, 2.6




Pleberio y Alisa, ante Melibea, muerta.
Dentro aún de un ámbito próximo al medieval, en el contexto literario español, una obra como La Celestina de Rojas constituye uno de los más expresivos exponentes de Literatura crítica e indicativa, sobre todo por lo que se refiere al monólogo y planto final de Pleberio. Entre las diferentes ideas que la crítica moderna ha obser­vado en la intervención de Pleberio la más recurrente es la que se refiere a la expresión invertida, negativa, de los valores humanos. Los críticos que defienden esta interpreta­ción se han apoyado en ella con frecuencia para justificar posi­bles referentes de escepticismo, desengaño y nihilismo en el monólogo de este personaje[1].

Una larga lista de imágenes y conceptualizaciones del mundo, todas ellas muy negativas —“vida de congoxas”, “río de lágrimas”, “vana esperança”, “prado lleno de serpientes”, “morada de fieras”—, confirman aquí una visión sin duda radicalmente pesimista de la vida humana, que hace pensar de nuevo en el nihilismo como único desenlace. En la tragicomedia no parece haber lugar para el fu­turo. En consecuencia, La Celestina no se mostraría en este sentido ni estoica, ni judía, ni cristiana, sino nihilista: “¡No queramos más bivir!”.

El tema del mundo al revés era habitual en la literatura castellana desde el Libro de Buen Amor —y en la literatura medieval europea—, desde el desarrollo de la economía bur­guesa de mercado, y desde la temática de la literatura hebrea, concretamente la sefardí. Pleberio se lamenta de que el orden natural del mundo se ha trastocado, invertido; el mundo es un caos, un laberinto. Semejante idea es recurrente a lo largo del monólogo, y resulta ilustrada de forma diversa. No cabe en la literatura de entonces una expresión dialéctica más crítica y más negativa, en términos políticos y teológicos, frente al final del siglo XV.

En primer lugar, la muerte de Melibea ha sorprendido por completo a Pleberio, que no es capaz de explicarse la causalidad de los hechos, y que desde este momento encuentra su propia existencia carente de todo sentido[2].

¡O mi hija y mi bien todo, crueldad sería que biva yo sobre ti! Más dignos eran mis sesenta años de la sepultura, que tus veynte. Turbóse la orden del morir con la tristeza que te aquexava” (XXI).

El racionalismo que dispone la conducta de Pleberio no le permite comprender cómo un posible orden moral transcendente ha podido “autorizar” la muerte de Melibea. La lógica de la causalidad —es decir, de la Fortuna— que podría imaginar Pleberio en la suma de las adversidades sería la pérdida de su hacienda y de sus bienes económicos, mas nunca la de su hija Melibea. Pleberio interpreta tales hechos como resultado de una auténtica subversión del orden natural, que el propio viejo desearía dominar como una realidad más del mundo material. Como Calisto en su mundo, y como Celestina en su trabajo, el padre de Melibea está acostumbrado a que con dinero todo se consigue: “Dexárasme —implora a la Fortuna— aquella florida planta en quien tú poder no tenías; diérasme, fortuna fluctuosa, triste la moçedad con vejez alegre; no pervertieras la orden”.

En segundo lugar, y precisamente por la razón que se acaba de apuntar, Pleberio es incapaz de comprender el valor final de su vida en la tierra sin la presencia de su hija. Pleberio ha reducido su existencia a la construcción material de un mundo que ha de ser expresión y fundamento de valores identificados esencialmente con el dinero, que resulta de una producción mercantilista, y en el que se afirma la adquisición de una honra familiar y de una autoridad social. Pero tan importante o más que el impulso burgués del padre, aspecto del que la crítica nos ha hablado hasta la saciedad, es, como consecuencia ciertamente de la ideología burguesa, la pérdida de cualesquiera valores finales en la vida del ser humano. En el momento de enunciar su monólogo, Pleberio está convencido de que sólo desde el nihilismo se puede responder ahora a uno de sus interrogantes vitalmente más dramáticos: “¿Para quién edifiqué torres; para quién adquirí honrras; para quién planté árboles, para quién fabriqué navíos?”. Es como si más allá de esta vida humana en la que sólo la producción material adquiere un sentido reconocible, no existiera nada.

En tercer lugar, Pleberio arremete enérgicamente contra la existencia o fundamentos de un posible orden moral, dominante o regidor en la causalidad de los hechos humanos. Paralelamente, despliega una violenta diatriba contra el sentido último de los actos humanos en un mundo al que califica esencialmente de falso, perverso y estéril. Los atributos de crueldad, miseria y nihilismo que identifica en el desarrollo terrenal de la vida humana son de una fuerza devastadora, en cierto modo comparables a los que expresa Timón de Atenas en la tragedia shakespeariana. Lejos estamos aquí de la relajada placidez crítica de la pintura flamenca, desde la que Jan Steen retrató su concepción de El mundo al revés en 1665.

Yo pensava en mi más tierna edad que eras y eran tus hechos regidos por alguna orden. Agora, visto el pro y la contra de tus bienandanças, me pareçes un laberinto de errores, un desierto spantable, una morada de fieras, juego de hombres que andan en corro, laguna llena de cieno, región llena de spinas, monte alto, campo pedregoso, prado lleno de serpientes, huerto florido y sin fruto, fuente de cuydados, río de lágrimas, mar de miserias, trabajo sin provecho, dulce ponçoña, vana esperança, falsa alegría, verdadero dolor. Cévasnos, mundo falso, con el manjar de tus deleytes; al mejor sabor nos descubres el anzuelo; no lo podemos huyr, que nos tiene ya caçadas las voluntades. Prometes mucho, nada no cumples (XXI).

Pleberio descarga ahora toda su ira contra el “mundo”, expresión metonímica desde la que sin duda se apela a un orden moral trascendente, y advierte que si hasta ahora no lo había hecho fue por temor a no encender su ira, todo lo cual nos hace suponer que el padre de Melibea no había sido hasta ese momento un perfecto conformista con la ética imperante, aunque sí lo hubiera sido con las condiciones sociales que hacían posible para él y los suyos una determinada expansión económica.

Yo por triste experiencia contaré, como a quien las ventas y compras de tu engañosa feria no prósperamente sucedieron, como aquel que mudo ha hasta agora callado tus falsas propiedades por no encender con odio tu yra (XXI)[3].

Especial mención han merecido en el monólogo de Pleberio las palabras que refiere a los impulsos del amor[4], encarnados en la imagen del dios correspondiente, contra el que arremete identificándolo expresamente con un dios de muerte y dolor[5]. De nuevo se insiste aquí en el motivo del mundo al revés, para desembocar una vez más en la negación de toda causalidad trascendente.

¿Quién te dio tanto poder? ¿Quién te puso nombre que no te conviene? […]. Dios te llamaron otros, no sé con qué error de su sentido traydos. Cata que Dios mata los que crió; tú matas los que te siguen. Enemigo de toda razón, a los que menos te sirven das mayores dones, hasta tenerlos metidos en tu congoxosa dança. Enemigo de amigos, amigo de enemigos, ¿por qué te riges sin orden ni concierto? (XXI).






Notas

[1] Las palabras finales de Pleberio han sido estudiadas exhaustivamente por la crítica, que ha ofrecido al respecto lecturas muy diversas, y con frecuencia conflictivas entre sí (Casa, 1968; Dunn, 1976; Flightner, 1964; Fraker, 1966; Green, 1965; Hook, 1978, 1982; Ripoll, 1969; y Wardropper, 1964). Pueden señalarse al menos dos interpretaciones diferentes del monólogo de Pleberio: a) quienes consideran que se trata de un discurso de moral y ortodoxia cristiana, como toda la obra (Green, 1947, 1963-1966, 1965; Bataillon, 1961, Dunn, 1976); y b) quienes consideran que cons­tituye el corolario pesimista y negativo de cuanto ha sucedido ante el espectador (Lida, 1962: 473; Castro, 1965: 105-108; Fraker, 1966; Gilman, 1972/1978: 367-393; Gerli, 1976). A estas últimas interpretaciones se suma la lectura marxista de J. Rodríguez Puértolas (1996: 60 ss.), quien, en su magnífica edición del texto de Rojas, se empeña infatigablemente en juzgar a Pleberio como un burgués culpable de su propio dolor por la muerte de Melibea, pues, como padre entregado al comercio y la actividad capitalista, ha cosifi­cado el amor hacia su hija, a la que sólo considera como heredera, mera ex­presión del poder patriarcal en el seno de su clase social. Por mi parte, siempre he identificado este discurso como una declaración racionalista, materialista y nihilista (Maestro, 2001).

[2] Como han señalado la mayor parte de los editores de La Celestina, desde M. Menéndez Pelayo y F. Castro Guisasola (1924: 183), estas palabras de Pleberio, que aluden al tópico de la alteración del orden natural por la muerte prematura, se hacen eco sin duda del planto de la madre de Leriano en la muerte de este, en la Cárcel de amor, de Diego de San Pedro. Las analogías entre ambos lamentos son muy estrechas: “¡O muerte, cruel enemiga, que ni perdonas los culpados ni asuelves los inocentes! […]; sin ley y sin orden te riges. Más razón había para que conservases los veinte años del hijo moço que para que dexases los sesenta de la vieja madre. ¿Por qué bolviste el derecho al revés?” (San Pedro, 1492/1995: 78).

[3] Algo más adelante Pleberio insiste de nuevo en un forma de discurso análoga, en la que afirma: “Agora perderé contigo, mi desdichada hija, los miedos y temores que cada día me espavorecían: sola tu muerte es la que a mí me haze seguro de sospecha” (XXI). ¿Sospecha de qué? ¿De ser un heterodoxo? ¿De ser un converso? Pocos editores de La Celestina se han atrevido a comentar por lo menudo el sentido de esta declaración.

[4] He aquí dos comentarios a estas palabras: “Dos dioses, pero ambos igual de crueles: el Dios cristiano mata a los que crió, Amor, a los que le sirvieron. La identifi­cación de ambos dioses es en verdad inquietante, si además recordamos que el cristianismo es también, y por definición, el Dios del Amor. El atrevimiento de Rojas es aquí […] extraordinario” (Rodríguez Puértolas, 1996: 63). “La implicación de un universo natural sin Dios es aquí tan explícita como podía serlo en aquel tiempo. O, en todo caso, asumiendo que tras las máscaras de la Fortuna, el Mundo y el Amor acecha algún celoso vigilante, éste es capri­choso y despiadado” (Gilman, 1972: 377). No se puede leer este monó­logo —sugiere Puértolas en su edición de La Celestina—, como toda la obra, sin tener en cuenta la cita inicial que Rojas hace de Petrarca, en el prólogo: “[…] natura, madre de todo”. ¿Y Dios?

[5] Las siguientes palabras de Pleberio —“La leña que gasta tu llama son almas y vidas de humanas criaturas, las cuales son tantas que de quien comenzar pueda apenas me ocurre; no sólo de christianos mas de gentiles y judíos y todo en pago de buenos servicios” (XXI)— se han interpretado con frecuencia como una alusión a los castigos y hogueras inquisitoriales (Rodríguez Puértolas, 1996: 303). ¿Debe interpretarse también en este sentido, desde el punto de vista de una lectura del monólogo que tiende a establecer ciertas relaciones de analogía entre la Inquisición y los castigos del dios del amor, la siguiente declaración de Pleberio?: “Iniqua es la ley que a todos ygual no es”. En todo caso, se trata de una más de las referencias tomadas de Petrarca (De remediis, I, 1: “Iniquissima vero lex: quae non omnibus una est”), y sin duda no debida a la casualidad. Vid. a este respecto Deyermond (1961: 58) y Rank (1980-1981).





Referencia bibliográfica de esta entrada


  • MAESTRO, Jesús G. (2004-2015), «El monólogo de Pleberio en La Celestina», Crítica de la Razón Literaria. El Materialismo Filosófico como Teoría de la Literatura, Vigo, Editorial Academia del Hispanismo (II, 2.6), edición digital en <http://goo.gl/CrWWpK> (01.12.2015).


Bibliografía completa de la Crítica de la Razón Literaria





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