II, 3.2 - Teología y Literatura programática o imperativa



Crítica de la Razón Literaria
El Materialismo Filosófico como Teoría de la Literatura

Jesús G. Maestro
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Índices







Teología y Literatura programática o imperativa

Referencia II, 3.2



Santa Inquisición
Las relaciones entre Teología y Literatura programática o imperativa han tenido lugar sobre todo durante las Edades Media y Moderna, si bien no de forma exclusiva, ya que la presencia de componentes teológicos en los materiales literarios se manifiesta en todas aquellas literaturas que se han desarrollado en connivencia con religiones terciarias, es decir, religiones articuladas a través de una serie de contenidos teológicos, basados en un racionalismo idealista y, por ende, acrítico con sus propios dogmas religiosos.

Los ejemplos que podrían aducirse en este capítulo son innumerables. Solo si pensamos en la obra de Gonzalo de Berceo encontramos con un repertorio de obras marianas (Milagros de Nuestra Señora, Loores de Nuestra Señora, Duelo que fizo la Virgen el día de la Pasión de su Hijo), hagiográficas (Vida de San Millán de la Cogolla, Vida de Santo Domingo de Silos, Poema de Santa Oria, Martirio de San Lorenzo) y doctrinales (El Sacrificio de la Misa, Los signos que aparecerán antes del juicio) de primera categoría por lo que a la Literatura programática de signo teológico se refiere. Solo el teatro litúrgico medieval constituye todo un corpus sistemático de Teología y Literatura (Quem queritis, Visitatio sepulchri, Planctus passionis, Peregrinus, Canto de la sibila, Officium pastorum, Auto de los Reyes Magos, Lamentaciones hechas para Semana Santa, Representación del Nacimiento de Nuestro Señor…). Igualmente claves resultan en este punto obras de Teresa de Jesús como Moradas del castillo interior (1577), o La perfecta casada (1583) de Luis de León, y por supuesto toda la literatura catequética y homilética cristiana. 

Digno de mención resulta en este contexto el auto sacramental de Álvaro Cubillo de Aragón, reveladoramente titulado El hereje. (Auto en alegoría del sacrílego y detestable cartel que se puso en la ciudad de Granada contra la Ley de Dios y su Madre Santísima)[1]. No cabe, sin embargo, citar aquí el Cántico espiritual de Juan de la Cruz, ni tampoco la literatura mística, desde el momento en que este tipo de obras constituyen testimonios explícitos de Literatura sofisticada o reconstructivista, como se explicará en su momento. Aquí voy a proponer dos ejemplos puntuales, que harán referencia a la obra de Hernán López de Yanguas Farsa del Mundo y Moral (1524) y al teatro de Calderón, tanto en su formato pretendidamente trágico (comedias y dramas) como en su obra cómica breve (entremeses, jácaras, loas, bailes…).

Ha de advertirse, ante todo, que la relación entre la Iglesia y el teatro fue provechosa para ambas instituciones en la que medida en que fue provechosa para la Iglesia. Y que solo desde el dominio ejercido por ella, conforme a los dictados de la Teología, el teatro gozó de libertad, es decir, de una “libertad eclesiástica”. Notemos solamente las palabras de las Constituciones sinodales del obispado de Badajoz, a cargo del obispo Alonso Manrique, dictadas en 1501:

Hallamos que muchas veces algunas iglesias y monasterios, así de la ciudad de Badajoz como de todo el dicho nuestro obispado, so color de conmemorar cosas santas y contemplativas, hacen representaciones de los misterios de la Natividad y de la Pasión y Resurrección de nuestro redentor y salvador Jesucristo. Y se hacen de tal manera que comúnmente provocan más al pueblo a derrisión y distracción de contemplación que no lo traen a devoción de la tal fiesta y solemnidad, y lo que peor es: que allí se dicen palabras deshonestas y de gran disolución. Por ende, nos deseando extirpar de la Iglesia todo escándalo, sancta sínodo approbante, ordenamos y mandamos que las tales representaciones de aquí adelante no se hagan, so pena de dos mil maravedís[2].

Disposiciones de esta naturaleza fueron recurrentes a lo largo de los Siglos de Oro, incluyendo en muchos casos la supresión de las representaciones teatrales, e incluso la prohibición de imprimir novelas y comedias entre 1625 y 1634, como determinó la pragmática promulgada en Castilla en tales años. Con anterioridad, Felipe III decretaba el 26 de abril de 1603 que no se podía representar comedias en época de Cuaresma, y que asimismo deberían ser desterradas de los conventos. Es evidente, pues, que el teatro ―y la literatura― para subsistir en tales sociedades político-religiosas, han de plegarse a las exigencias programadas por la Teología, o asumir las consecuencias en caso de sustraerse a ellas.





Notas

[1] Vid. la excelente edición crítica de esta obra llevada a cabo por Francisco Domínguez Matito (Cubillo, 1640).

[2] Apud A. Rodríguez-Moñino, “Historia literaria de Extremadura”, REE, 6, 1950 (114-115), y también reproducido en Pérez Priego (1986: 337).





Referencia bibliográfica de esta entrada


  • MAESTRO, Jesús G. (2004-2015), «Teología y Literatura programática o imperativa», Crítica de la Razón Literaria. El Materialismo Filosófico como Teoría de la Literatura, Vigo, Editorial Academia del Hispanismo (II, 3.2), edición digital en <http://goo.gl/CrWWpK> (01.12.2015).


Bibliografía completa de la Crítica de la Razón Literaria





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