II, 1.7 - Cuando el diablo es un bufón: Fausto, Goethe y Mefistófeles


Crítica de la Razón Literaria
El Materialismo Filosófico como Teoría de la Literatura

Jesús G. Maestro
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Índices







Cuando el diablo es un bufón: Fausto, Goethe y Mefistófeles

Referencia II, 1.7




Obra muy diferente a la de Milton es el Faust (1808) goethiano. Prototipo de Literatura crítica o indicativa que se construye sobre el racionalismo y el criticismo de materiales procedentes de literaturas primitivas e incluso dogmáticas, la obra de Goethe introduce un concepto de demonio que nada tiene que ver en esencia con sus referentes bíblicos más genuinos[1]. La presentación de Mefistófeles, declarando su nihilismo racionalista —“Yo soy el espíritu que siempre niega, y con razón” (Goethe, 1808/1991: 144, Fausto, I, vv. 1338-1344)[2]—, no se produce inopinada o gratuitamente. Todo lo contrario: se encuentra precedida por una de las más patéticas, y sin duda también más trágicas, maldiciones que personaje alguno haya pronunciado en la literatura contemporánea. La maldición de Fausto es una desesperada exaltación de disgusto, frustración y desengaño. Uno de los móviles iniciales de la acción dramática de este protagonista del Romanticismo europeo es la amargura vital, sumido en la soledad de su existencia terrena y en la insatisfacción de un conocimiento demasiado humano. En esta situación, antes incluso de la aparición de Mefistófeles, Fausto desafiará a Dios y al poder divino, a los que responsabiliza de su insatisfacción y hastío vitales:

Llegó ya el momento de probar con hechos que la dignidad del hombre no cede ante la grandeza de los dioses […], aún a riesgo de abismarse en la nada (Goethe, 1808-1832/1991: 130) [3].

Fausto reniega de Dios inducido por su propia soberbia, impulso genuinamente diabólico. Incluso al contrario que el mito adánico del Génesis, Fausto, ante el Mefistófeles romántico, renuncia al conocimiento que posee, como si se tratara de algo inútil al cabo de la vida, a cambio de la satisfacción sensual[4] de otros deseos, entre los cuales ocupa un lugar primordial la posesión del mundo mediante el ejercicio de la acción personal. La tragedia de Fausto se inicia propiamente en la soledad de la noche[5], con un soliloquio en el que el viejo maestro, desprendiéndose de la lógica del escolástico medieval, expresa su más intensa insatisfacción por la vida humana y sus formas más nobles y ennoblecedoras de expansión: el cultivo del conocimiento. El saber se convierte en una de las formas esenciales de la desesperación y la ansiedad. El conocimiento de la vida la hace aún más insoportable. Sus imprecaciones contra la existencia humana y sus prestigios recuerdan el nihilismo y la misantropía de discursos como el que pronuncia en la tragedia shakesperiana Timón de Atenas[6].

Si unos dulces acentos que me eran conocidos me arrancaron a la horrible confusión burlando el último resto de mis sentimientos infantiles con el recuerdo de un tiempo feliz, maldigo todo cuanto cerca el alma con el señuelo de seducciones y prestigios, y en este antro de dolor la retiene fascinada mediante fuerzas que deslumbran y halagan. ¡Maldito sea por adelantado el alto concepto de que se rodea a sí mismo el espíritu! ¡Maldito el engaño de la apariencia que acosa a nuestros sentidos! ¡Maldito lo que en sueños se insinúa hipócritamente en nosotros con ilusiones de gloria y fama imperecedera! ¡Maldito lo que nos lisonjea como posesión, en forma de esposa e hijo, de sirviente y arado! ¡Maldito sea Mammón, cuando con tesoros nos incita a arrojadas empresas, cuando para el placer ocioso nos apareja mullidos almohadones! ¡Maldito sea el balsámico zumo de la uva! ¡Malditos sean los favores supremos del amor! ¡Maldita sea la esperanza! ¡Maldita sea la fe, y maldita sobre todo la paciencia (Goethe, 1808-1832/1991: 150)[7].

Pero Fausto no es coetáneo de los Nibelungos. Fausto no es un héroe, sino todo lo contrario, y como figura antiheroica pertenece por entero a un mundo moderno y contemporáneo. Su espacio no corresponde a la geografía ni a la historia de un tiempo en el que, irreflexivamente, nacía la Literatura primitiva y dogmática. No. Fausto es una recreación romántica, sofisticada y esteticista, que emana de la nostalgia de un mundo antiguo, y que evoca con cariño onírico el gusto por el mito, la magia y la hechicería religiosa. La incapacidad para satisfacer sus ansias de conocimiento y de poder trascendentes, la impotencia para experimentar todos los placeres materiales del ser y del estar, síntesis de perfecciones humanas y divinas, induce a Fausto a aceptar el pacto con Mefistófeles, constatando de este modo el insoportable contraste que existe entre la ambición del hombre y sus limitaciones reales. Fausto es expresión radical de un impulso humano que está perpetuamente condenado a fluctuar entre un ideal inalcanzable y una realidad insatisfactoria. Es, aristotélicamente hablando, aspiración y ansiedad de una plenitud imposible y a la vez verosímil. En la cúspide de esta frustración, aparece una de las criaturas más paradójicas de la literatura universal: un numen nihilista, Mefistófeles.

A la maldición de Fausto contra la vida humana[8] sucederá una nueva execración de Mefistófeles contra la materia del mundo, en su deseo de disolución absoluta, bajo la fórmula de una simpática e inofensiva conjuración nihilista. En un parlamento mucho más breve y desapasionado que el del viejo doctor, Mefistófeles introduce paulativamente al lector en su retórica concepción del nihilismo exterminador, que al fin y al cabo resulta impotente frente a la obstinada resistencia de la materia. Como veremos, es el del Mefistófeles goetheano un nihilismo más tropológico que pragmático. En realidad, este diablillo tiene más de sofista que de nihilista.

Lo que se opone a la nada, ese algo, ese mundo grosero, por más que lo haya intentado yo, no he podido hacerle mella alguna con oleadas, tormentas, terremotos ni incendios; tranquilos quedan al fin mar y tierra. Y tocante a la maldita materia, semillero de animales y hombres, no hay medio absolutamente de dominarla (Goethe, 1808-1832/1991: 144)[9].

En efecto, si se leen de nuevo los versos de su propia presentación, se advierte que, antes que un personaje verdaderamente nihilista, este Diablo goetheano es un retórico y un apologeta del nihilismo, es decir, un personaje —demasiado simpático, por otra parte— cuyo referente supremo, formal y funcionalmente, es el nihilismo..., pero nada más. No estamos ante una Literatura genuinamente primitiva, sino ante un simulacro de ella. Más concretamente, ante un sofisticado y recreativo simulacro romántico.

Yo soy el espíritu que siempre niega, y con razón, pues todo cuanto tiene principio merece ser aniquilado, y por lo mismo, mejor fuera que nada viniese a la existencia. Así, pues, todo aquello que vosotros denomináis pecado, destrucción, en una palabra, el Mal, es mi propio elemento (Goethe, 1808-1832/1991: 144)[10].

Mefistófeles no aniquila en toda la obra más de lo que podría destruir cualquier otro ser humano de carne y hueso; es más, constituye uno de los estímulos y recursos principales de la creativa acción fáustica. El nihilismo en él es sobre todo un referente, una intención simbólicamente representada y retóricamente muy bien ilustrada. Desde la etimología, su nombre remite en todo caso a la negación de la luz, como rechazo de toda existencia o fuerza creadora de vida. La mayor parte de los filólogos, y así lo han hecho constar también los investigadores de la literatura fáustica, han relacionado el nombre de Mefistófeles con la expresión griega me to fos files, es decir, “la luz no es mi amiga”, equivalente en cierto modo, en su sonoridad, al apelativo Mefotofiles, “no es amigo de la luz”[11].








Notas

[1] Resulta de interés mencionar aquí la distinción que Javier Aparicio Maydeu establece, a propósito del teatro de Calderón, entre los tres papeles dramáticos que se suele atribuir al demonio en la literatura: el trágico, el cómico y el lógico. Quizás resulte más preciso —me atrevo a sugerir— denominar a este último como teológico. Vid. Aparicio (2012: 493 y ss). Es indudable que el Mefistófeles goethiano responde al prototipo del diablo cómico

[2] “Ich bin der Geist, der stets verneint! / Und das mit Recht…” (Goethe, 1808/1996: 147; Faust, I, vv. 1338-1344).

[3] “Hier ist es Zeit, durch Taten zu beweisen, / Daß Manneswürde nicht der Götterhöhe weicht […], / Und wär’ es mit Gefahr, ins Nichts dahinzufließen” (Goethe, Faust, 1808-1832/1996: 29; I, vv. 712-713 y 719). Fausto volverá a reiterar la intensidad del desafío contra Dios en otro momento esencial de la obra, precisamente en la escena en que tiene lugar el pacto con Mefistófeles: “El gran Espíritu me desdeñó, y ante mí se cierra la Naturaleza” (1991: 153) (“Der große Geist hat mich verschmäht, / Vor mir verschließt sich die Natur”, 1996: 58; I, vv. 1746 y 1747).

[4] “Apaguemos las ardientes pasiones en los abismos de la sensualidad” (1991: 153) (“Laß in den Tiefen der Sinnlichkeit / Und glühende Leidenschaften stillen!”, 1996: 58; I, vv. 1750 y 1751).

[5] No hay que olvidar la transformación que experimenta Fausto durante el día. En su paseo con Wagner por la urbe, entre sus conciudadanos burgueses y labradores, al contacto con la naturaleza viva del campo, el viejo doctor parece recuperar un equilibro entre el mundo del espíritu y el mundo de los sentidos. Sin embargo, Fausto ha de preferir, al cultivo del conocimiento en el ámbito de una existencia ordinaria, la embriaguez de la sensualidad y la locura del poder, que harán de él un protagonista permanente de acciones pretendidamente heroicas.

[6] Vid. especialmente W. Shakespeare (1993: 898), Timon of Athens (1608), IV, 1, vv. 1-41.

[7] “Wenn aus dem schrecklichen Gewühle / Ein süß bekannter Ton mich zog, / Den Rest von kindlichem Gefühle / Mit Anklang froher Zeit betrog, / So fluch’ ich allem, was die Seele / Mit Lock- und Gaukelwerk umspannt, / Und sie in diese Trauerhöhle / Mit Blend- und Schmeichelkräften bannt! / Verflucht voraus die hohe Meinung, / Womit der Geist sich selbst umfängt! / Verflucht das Blenden der Erscheinung, / Die sich an unsre Sinne drängt! / Verflucht, was uns in Träumen heuchelt, / Des Ruhms, der Namensdauer Trug! / Verflucht, was als Besitz uns schmeichelt, / Als Weib und Kind, als Knecht und Pflug! / Verflucht sei Mammon, wenn mit Schätzen / Er uns zu kühnen Taten regt, / Wenn er zu müßigem Ergetzen / Die Polster uns zurechtelegt! / Fluch sie dem Balsamsft der Trauben! / Fluch jener höchsten Liebeschuld! / Fluch sie der Hoffnung! Fluch dem Glauben, / Und Fluch vor allen der Geduld! (Goethe, Faust, 1808-1832/1996: 54; I, vv. 1583-1606).

[8] Al final de sus días, en soledad frente a la muerte, Fausto lamentará haber maldecido de ese modo a la vida y al mundo. Le asedian entonces cuatro alegorías femeninas que simbolizan los signos principales de la negación: Escasez, Deuda, Inquietud y Miseria: “Das war ich sonst, eh’ ich’s im Düstern suchte, / Mit Frevelwort mich und die Welt verfluchte” (cfr. Faust, en op. cit., 1996, pág. 343; II, vs. 11408-11409. Trad. esp. en op. cit., 1991, pág. 416: “Yo lo fui en otro tiempo [un ser humano], antes de buscar en las sombras, antes de haber maldecido con una impía palabra a mí y al mundo”).

[9] Was sich dem Nichts entgegenstellt, / Das Etwas, diese plumpe Welt, / So viel als ich schon unternommen, / Ich wußte nicht ihr beizukommen, / Mit Wellen, Stürmen, Schütteln, Brand— / Geruhig bleibt am Ende Meer und Land! / Und dem verdammten Zeug, der Tier- und Menschenbrut, / Dem ist nun gar nichts anzuhaben” (Goethe, Faust, 1808-1832/1996: 48; I, vv. 1363-1370).

[10] “Ich bin der Geist, der stets verneint! / Und das mit Recht; denn alles, was entsteht, / Ist wert, daß es zugrunde geht; / Drum besser wär’s, daß nichts entstünde. / So ist denn alles, war ihr Sünde, / Zerstörung, kurz das Böse nennt, / Mein eigentliches Element” (Goethe, Faust, 1808-1832/1996: 47; I, vv. 1338-1344).

[11] Desde el hebreo se han propuesto etimologías análogas. Cfr. a este respecto el epílogo de John Henry Jones al libro de William Empson (1987: 203-204).




Referencia bibliográfica de esta entrada


  • MAESTRO, Jesús G. (2004-2015), «Cuando el diablo es un bufón: Fausto, Goethe y Mefistófeles», Crítica de la Razón Literaria. El Materialismo Filosófico como Teoría de la Literatura, Vigo, Editorial Academia del Hispanismo (II, 1.7), edición digital en <http://goo.gl/CrWWpK> (01.12.2015).


Bibliografía completa de la Crítica de la Razón Literaria






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