I, 7.3.2 - El carácter heterogéneo de la genología medieval


Crítica de la Razón Literaria
El Materialismo Filosófico como Teoría de la Literatura

Jesús G. Maestro
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Índices







El carácter heterogéneo de la genología medieval

Referencia I, 7.3.2


La mentalidad medieval desconfía de la literatura.
S. Shepard (1962: 11).


Rota Virgilii
Durante la Edad Media se establece una división de estilos que identifica la Eneida con el estilo alto, las Georgias con el medio, y las Bucólicas con el bajo, según el texto de la Rota Virgilii. La antigua clasificación de los estilos según los modos de la práctica mimética se recoge en la obra del gramático Diomedes (siglo IV), y perdura a lo largo de la Edad Media a través de Beda el Venerable (Faral, 1924; Curtius, 1948). Diomedes ofrece la siguiente clasificación retórica de los géneros en tres grandes grupos (apud Lausberg, 1960/1975: I, 106-107):

I. Genus activum vel imitativum (dramaticon vel mimeticon): tragica, comica, satyrica, mimica.
II. Genus enarrativum (exegeticon vel apangelicon): angelica (sentencias), historica (relatos, genealogías), didascalia (poema didáctico).
III. Genus commune: heroica species, lyrica species.

En las Etymologiae de Isidoro de Sevilla se presentan las obras de la literatura clásica como referente principal de la teoría sobre los géneros, a la vez que se insiste en la primacía del modelo bíblico sobre los autores de la Antigüedad, con el fin de asegurar la presencia de la cultura judeo-cristiana sobre las tendencias paganas de autores precedentes. Sin apenas alteraciones, Isidoro sigue el esquema genérico de Diomedes, si bien introduce, desde criterios temáticos, una tipología de la poesía lírica en la que distingue poemas heroicos (gestas y hazañas de héroes), elegíacos (“porque la modulación de este verso se adapta muy bien a las tristezas”) y bucólicos (“el metro bucólico —esto es, la poesía pastoril— opinan muchos que fue compuesto por primera vez por los pastores en Siracusa [...]. Toman el nombre de bucólicos por la gente que en mayor cantidad los utiliza...” (Etymologiae, I, 39, 9: 353)[1].

El comentario de Averroes (1562-1574) sobre la Poética de Aristóteles resulta de enorme interés y utilidad, en lo que se refiere a sus relaciones con el autor griego, cuya obra apenas ha estado presente en la Edad Media europea hasta casi el final del siglo XIV, salvo en los textos de Hermán Alemán y Mantino de Tortosa, cuyas traducciones de la Poética se inspiraron en la versión arábiga abreviada de Averroes. A su vez, el filósofo hispano-árabe se había basado en la traducción de un cristiano nestoriano llamado Abu Baschar, quien tampoco había partido originalmente del texto griego, sino de una versión siríaca (Spingarn, 1899; García Yebra, 1992: 34). La doctrina de Averroes sobre los géneros literarios es de carácter moral, y una de sus aportaciones acaso más interesantes consiste en la verificación, en la literatura de Al-Andalus, de la presencia o ausencia de los grandes géneros literarios de la Antigüedad[2].

Jean Bodel, a comienzos del siglo XIII, distinguía tres tipos de géneros narrativos según su contenido tradicional o referente nacionalista: el francés, correspondiente a las chansons de geste; el bretón, referido a contes y romans; y el romano, en relación con la tradición latina. Los diferentes estudiosos de los géneros literarios han coincidido en señalar que el valor de esta clasificación reside, en todo caso, en tratar de establecer cierto orden en un género épico-narrativo que, en aquel período, evolucionaba y comprendía desde la epopeya hasta las formas prenovelescas, tanto en verso como en prosa.

En este período, Jean de Garlande trata de aglutinar en su Poetria las principales aportaciones de las Artes dictaminis y las Artes poeticae, al distinguir los siguientes modos (Bruyne, 1947): 1) dramático o imitativo: constituido solo por las voces de los personajes; 2) exegemático o narrativo: domina exclusivamente la voz del autor; y 3) mixto o común: en el que alternan la voz del autor y la de los personajes.

Desde otra perspectiva, en la que se aprecia con más claridad la influencia del modelo de Diomedes, Jean de Garlande sintetiza del modo siguiente los conocimientos genológicos de su época, según criterios de forma, autoría, verosimilitud y emotividad o expresión.

1. Formalmente, la obra literaria puede estar escrita en prosa (discurso tecnográfico, científico o didáctico; histórico o narrativo; epistolar y rítmico o “musicado”), o en verso (metrum), como lenguaje caracterizado por la metrificación.
2. Desde el punto de vista de la presencia autorial en el texto, el discurso puede ser dramático, exegemático y mixto, tal como se ha indicado anteriormente.
3. Según el criterio de verosimilitud, o de verdad contenida en la obra literaria, esta última puede tratarse de un oratorio o de una narración, la cual puede adoptar diferentes modalidades (historia, fábula o argumento).
4. Desde el punto de vista de la expresividad, el “relato” puede ser trágico, cómico, satírico y hierático.

Una muestra más de la pluralidad de criterios que durante la Edad Media experimenta la doctrina de los géneros literarios, convertida en una auténtica heterogeneidad de ideas y conceptos, como consecuencia de la crisis y lisis de buena parte de la tradición clásica, la constituye la clasificación propuesta por Matthieu de Vendôme, quien en su Ars Versificatoria reduce a cuatro tipos los géneros teatrales establecidos por Diomedes (Faral, 1924: 99; Segre, 1985): comedia, sátira, tragedia y mímica, si bien denomina a esta última elegía, al considerarla como género predilecto, por comprender las tres cualidades principales del discurso estético (interior favus, “sabor interior de las ideas”; ornatus verborum, “adorno superficial de las bellas palabras”; y modus dicendi, modo de expresión) (Bruyre, 1946: II, 22).

Autores como Gómez Moreno (1990), García Berrio y Huerta Calvo (1992) han señalado la relativa importancia que, en el ámbito de la estética de la literatura y la teoría de los géneros literarios, adquiere a mediados del siglo XV el Prohemio e carta (1446/1449) de Iñigo López de Mendoza, Marqués de Santillana. Esta obrita constituye un breve epítome histórico de las literaturas románicas, concede a la lírica un interés dominante, y bien es cierto que solo tangencialmente se refiere a la teoría de los géneros literarios, desde el punto de vista de los llamados tres estilos o “grados”[3].

Pero, dexadas agora las regiones, tierras e comarcas más longínicas e más separadas de nos, no es de dubdar que vniversalmente en todas de sienpre estas ciencias se ayan acostunbrado e acostunbran, e aun en muchas dellas en estos tres grados e a saber: sublime, mediocre e ínfymo. Sublime se podía dezir por aquellos que las sus obras escribieron en lengua griega e latyna, digo metrificando. Mediocre vsaron aquellos que en vulgar escriuieron, asy commo guido Januncello, boloñés, e Arnaldo Daniel, prouençal. E commo quier que destos yo no he visto obr alguna, pero quieren algunos auer ellos sido los primeros que excriuieron tercio rimo e aun sonetos en romance [...]. Infimos son aquellos que syn ningúnd orden, regla nin cuento fazen estos romances e cantares de que las gentes de baxa e seruil condición se alegran (apud García Berrio y Huerca Calvo, 1992: 113).

Dados los materiales de que disponemos, difícilmente puede hablarse con rigor de una “teoría de los géneros literarios” propia de la Edad Media. Más bien habría que referirse a múltiples intentos de formalización de una materia que hoy, es decir, en un mundo posterior al Clasicismo y al Romanticismo, identificamos con unos géneros literarios codificados como consecuencia de la dialéctica entre la creación o construcción de obras de arte verbal, por una parte, y la interpretación y canonización, por otra parte, de un conjunto selectivo y excluyente de estas obras. 

Esta heterogeneidad de tentativas medievales, destinadas a formalizar y conceptualizar, desde una multiplicidad de criterios, con frecuencia asistemáticos, modos de dicción, de temática y de estilo, propios de lo que hoy llamamos literatura, se construye sobre la existencia efectiva de un corpus de obras y creaciones verbales muy anteriores a la moderna idea de “literatura”, en virtud de la cual se va a diseñar el concepto contemporáneo de “género literario”. Y esta es una realidad que no se puede eludir a la hora de hablar de una “teoría de los géneros literarios” desarrollada durante la Edad Media. Semejantes formas de teorización o conceptualización genológicas, características del mundo medieval, son construcciones emic, es decir, elaboradas ad hoc, con frecuencia por los propios poetas y escritores, para ubicar respecto a ellas el estatuto de sus propios textos, orales o escritos. 

En otras ocasiones, acaso con menor frecuencia, aunque posiblemente con mayor impacto, la “teoría” medieval de los “géneros literarios” es de hechura etic, es decir, es resultado de la elaboración de filósofos, preceptistas, o incluso teólogos, que al enfrentarse desde una Filosofía, confesional o académica, a una clasificación de los textos y sus contenidos, se ven obligados a adjudicar a los textos de ficción, germen entonces de lo que hoy llamamos literatura, un estatuto semiológico específico y genérico, como el que se deriva de la Rota Virgilii o de la obra del gramático Diomedes. 

El primero de estos modelos funciona como una totalidad centrada —no en vano la figura de la rueda es determinante aquí— respecto al principio del decoro, de modo que las obras literarias se distinguirán por su estilo alto (Eneida), medio (Georgias) y bajo (Bucólicas). El modelo de Diomedes procede, sin embargo, de forma ascendente y atributiva, es decir, construye agrupamientos totalizadores a partir de las partes miméticas, diegéticas o mixtas de los textos. Al margen de estos criterios formalizadores, los aducidos por Jean de Garlande o Matthieu de Vendôme son más bien modelos autológicos, o incluso dialógicos, antes que normativos, pues tratan de dar cuenta de una “teoría de los géneros literarios” propia de un grupo de poetas o de artistas, émicamente construida, desde la perspectiva inmanente o interna del creador individual o del gremio trovadoresco. 

Solo con la llegada del Renacimiento y la expansión de la poética como preceptiva, a través de sistemas normativos muy rigurosos, se desarrolla con fuerza una teoría etic de los géneros literarios. El monopolio de esta formulación teórica estará a cargo de los críticos o intérpretes del clasicismo, entonces denominados preceptistas, y auténticos transductores de las ideas poéticas de Aristóteles, nunca formuladas originalmente por el de Estagira con el rigor normativo e idealista con el que fueron postuladas desde los imperativos de la teoría literaria del Renacimiento. Surge aquí el germen de un conflicto dialéctico que no hará sino crecer durante los siglos XVI y XVII, provocando un divorcio manifiesto entre el discurso normativo de los preceptistas y la literatura creativa de numerosos autores, cuya obra será concebida completamente al margen de los preceptos, o incluso contra ellos. 

Solo tras la crisis de la Ilustración europea y el triunfo del Romanticismo este tipo de obras heterodoxas, precisamente las obras más influyentes, por determinantes, del canon literario, merecerán por parte de la crítica académica una atención que con anterioridad solo les había brindado el público común y corriente. Hoy sucede precisamente lo contrario: el público común y corriente no las lee, ni les presta atención, salvo si por razones de marketing son objeto de explotación social e industrial (IV Centenario del Quijote, etc.), y solo un público académico y universitario las considera y analiza, bien como objeto de conocimiento científico, bien como instrumento de expresión o exigencia ideológica (don Quijote como defensor de los derechos humanos, la pastora Marcela como adalid feminista, etc.).






Notas

[1] En el epígrafe siguiente de sus Etymologiae (I, 40), Isidoro de Sevilla considera el himno, el epitalamio, el treno, el epitafio, el epigrama y el épodo como géneros de la Antigüedad, y dedica además un breve exordio a la fábula, a la que define como “diálogo fingido que mantienen unos animales”. En cuanto a las artes dramáticas, distingue entre los llamados genera comicorum: vetere (Plauto, Terencio) y novi o satyrici (Flaco, Persio, Juvenal). A este respecto, Menéndez Pelayo (1883/1974: 314) ha escrito que “las tradicionales definiciones de la comedia y de la tragedia toman en San Isidoro un carácter arqueológico, como de cosa ya pasada y que el autor solo conocía por los libros”.

[2] Respecto a la poesía lírica, escribe Averroes en sus comentarios sobre Aristóteles que, el autor griego “presenta en cada uno de estos tres géneros de imitación muchos ejemplos de versos o de poemas que entonces se usaban en aquellas regiones; tú fácilmente los encontrarás de la misma especie en los versos de los árabes; pero como la mayor parte solo sirven para inclinar a los hombres a cosas nefandas y prohibidas, deben ser apartados cuidadosamente los jóvenes de este género de poemas, y educados solamente en aquellos otros que incitan a la fortaleza y a la gloria, únicas virtudes que en sus poemas ensalzaban los árabes antiguos, aunque más bien por jactancia que por exhortar a otros a ellos” (apud Menéndez Pelayo, 1883/1974: 379).

[3] Como han señalado a este respecto Menéndez Pelayo (1883) y López Estrada (1984), el Arte de trovar (1456) de Enrique de Villena y el Arte de poesía castellana (1496) de Juan del Encina constituyen breves tratados en los que, desde criterios preceptistas, apenas se introducen alteraciones sustanciales en la teoría de los géneros literarios.




Referencia bibliográfica de esta entrada


  • MAESTRO, Jesús G. (2004-2015), «El carácter heterogéneo de la genología medieval», Crítica de la Razón Literaria. El Materialismo Filosófico como Teoría de la Literatura, Vigo, Editorial Academia del Hispanismo (I, 7.3.2), edición digital en <http://goo.gl/CrWWpK> (01.12.2015).


Bibliografía completa de la Crítica de la Razón Literaria





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