I, 1.1 - Preliminares


Crítica de la Razón Literaria
El Materialismo Filosófico como Teoría de la Literatura

Jesús G. Maestro
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Índices


Preliminares

Referencia I, 1.1



CC0 1.0
Todo conocimiento que de alguna manera no contribuye al progreso del saber racional es un conocimiento inútil, falaz o simplemente acrítico. En el mejor de los casos, solo será un sofisma. Una sofística de la interpretación. De este modo, una interpretación que no proporciona un conocimiento nuevo no es una interpretación auténtica, sino una pseudointerpretación, es decir, una reiteración, un plagio incluso, un pleonasmo. El destino de la interpretación es la creación de conocimientos nuevos, inéditos, inexistentes antes de la teoría que los genera y verifica. Interpretar desde lo ya conocido no es interpretar, sino incurrir en tautologías, en el recitado doxográfico de tópicos e ideas comunes, cuyo fin último es la confirmación y solidificación, mediante la recurrencia y la insistencia, de imágenes y discursos ideológicos a los que se exime de nuevas verificaciones y exámenes —porque no los resistirían—, hasta convertirlos en dogmas incuestionados. La teoría literaria posmoderna se basa en numerosos dogmas a los que no puede renunciar sin declarar vulnerablemente la inconsistencia de sus mitos fundamentales, basados en el irracionalismo y en el idealismo, dos tendencias a las que se entrega babélicamente el ejercicio de la crítica literaria y pseudocultural de las últimas décadas. En un contexto de esta naturaleza, el triunfo de la interpretación es el triunfo de la ideología. Feminismos, culturalismos, novohistoricismos, etc., no son teorías literarias, sino ideologías sobre la literatura.

Metodológicamente, los presupuestos doctrinales del Materialismo Filosófico permiten construir una teoría de la literatura desde la que es posible interpretar en nuestro tiempo no solo los textos literarios, que constituyen una parte nuclear de la literatura, sino algo sustancialmente más importante incluso que los propios textos, y que son los materiales literarios. La ontología de la literatura, es decir, su esencia, está constituida por el núcleo, el cuerpo y el curso de los materiales literarios. El método de interpretación literaria, es decir, la Teoría de la Literatura, será concebida, desde el Materialismo Filosófico, como aquella disciplina científica que tiene como objeto de conocimiento no la literatura, sino los materiales de la literatura.

Teoría es un concepto sintáctico, un sistema de proposiciones que derivan de una axiomática, es decir, de un sistema de conceptos. Una teoría ha de ser explicativa de hechos (gnoseología), y no meramente descriptiva (formalismo). La explicación puede entenderse inicialmente como un concepto psicológico y dialógico (explicarle algo a alguien), pero necesariamente ha de ser un concepto gnoseológico, el cual, a su vez, ha de estar determinado y definido operatoriamente (pragmática). Como Teoría de la Literatura, el Materialismo Filosófico se caracteriza por ser una construcción —concepto sintáctico que incluye el uso de operaciones definidas— en virtud de la cual un hecho literario se integra en una totalidad o contexto definido (totalidad atributiva), dentro del cual evolucionan nuevas referencias a hechos literarios diferentes. La teoría ha de establecer entre los hechos tanto relaciones de semejanza o analogía como relaciones de contigüidad o causalidad, de modo que unas son mediadoras de las otras (Bueno, 1992). 

Los hechos hacen posible el desarrollo de la teoría, y solo cuando la teoría no es científica o suficientemente crítica se convierte en un discurso meramente formal, lingüístico o dialógico, siempre retórico o doxográfico, para desembocar al final en una suerte de mitología o teología de las ideas. Una teoría mitológica o teológica es aquella que implanta formalmente un conjunto de hechos en un contexto en el que esos hechos no están materialmente demostrados ni son efectivamente operatorios. Los resultados que se derivan de este tipo de actividades solo podrán asumirse irracionalmente desde el idealismo y desde el dogmatismo, es decir, desde la aceptación acrítica de formas que carecen de contenidos reales, de teoremas que no remiten a ninguna realidad efectivamente existente, en síntesis, de teorías sin referentes, de formas sin materia, de lenguaje sin contenido. 

La deconstrucción derridiana es uno de los ejemplos más rotundos y recientes de mitología o teología, como modelos teóricos de interpretación literaria, cultural o simplemente convencional, en la que los únicos contenidos perceptibles de las formas teóricas son las propias formas teóricas. De este modo, la deconstrucción actúa como una teoría carente de contenidos materiales, dado que sus “ingredientes” son simplemente formas, teoremas, elementos sintácticos, términos relativos, figuras de relación, palabras, metáforas, diálogos, retóricas, tropos..., es decir, sofismas.

Lo primero que ha de demostrar una teoría es que no se limita, como habitualmente sucede, a reproducir formalmente un esquema clasificatorio. Una teoría no es un expositor cultural, “políticamente correcto” o incorrecto (Bueno, 1972). Es la ciencia, no la política, ni la retórica, ni la ideología, y aún menos la ignorancia, lo que ha de constituir el criterio nuclear, corporal y evolutivo de una teoría. No hay crítica sin criterios, ni ciencia sin racionalismo. Toda teoría habrá de dar cuenta de cuál es su naturaleza como tal teoría (científica, filosófica, literaria, matemática, física, genética...), esto es, habrá de demostrar sobre qué materiales está científicamente construida.

La razón no ha existido desde siempre. El racionalismo no siempre se ha considerado y aceptado como método de creación, comunicación e interpretación de ideas. Sus orígenes pueden situarse en la Grecia del siglo VII antes de nuestra Era, y su sistematización sin duda corresponde a la constitución de la Academia de Filosofía fundada por Platón en Atenas en 387 a.n.E.

El mundo que separa la doctrina platónica de la teoría literaria contemporánea es un escenario en el que se codifica una experiencia decisiva e irrepetida en la evolución del conocimiento humano, es decir, una transformación de los saberes primitivos, precientíficos, característicos de culturas bárbaras —mito, magia, religión y técnica— en conocimientos científicos, esto es, conocimientos transmitidos de forma selectiva, organizada y sistemática, según criterios de racionalidad, propios de sociedades civilizadas, en las cuales es posible distinguir un saber crítico —ciencia y filosofía— y un saber acrítico —ideologías, pseudociencias, teologías y tecnologías—, resultado de la influencia de la razón sobre los saberes precientíficos o primitivos. Tales son las consecuencias del impacto que el Logos provoca en el Mythos.

Estas transformaciones codifican cambios esenciales entre los mundos históricos y culturales en que escriben Platón y Derrida. Entre uno y otro autor se comprueba históricamente que la técnica se ha convertido en tecnología, los mitos se han fragmentado en ideologías, la magia sobrevive metamorfoseándose en pseudociencias, y las religiones se articulan y formulan en teologías (Bueno et al., 1987).

En nuestro tiempo, los mitos, los irracionalismos y las creencias han cobrado nueva fuerza. No solo dominan la cultura contemporánea, sino también la política, la moral e incluso los límites de la ciencia. Desde la política se pide respeto hacia creencias irracionales, y desde la moral se exige el desarrollo de consignas científicamente inaceptables. El silencio del racionalismo, sea en nombre del falso respeto, de la tolerancia irresponsable, o de la mítica isovalencia de las culturas, no es nunca un silencio inofensivo. 

La razón es el más importante protector de la vida y de los derechos humanos. Y lo es muy por encima de todo tipo de creencias y credos, que solo podrán ser respetables en la medida en que sean respetuosos con el ser humano. Cuando se apagan las luces de la razón, las fuerzas del irracionalismo no conocen límites, y siempre dan lugar a los capítulos más amargos de la historia de la humanidad. Y no será el diálogo entre culturas lo que por sí solo pueda contrarrestar la sinrazón. Entre otras cosas, porque no se puede dialogar con quien no sabe razonar. Lástima que Habermas, al situar la razón en el diálogo, no se haya dado cuenta de esta minúscula y esencial evidencia.

La teoría literaria contemporánea está poblada de mitos irracionales e inconsistentes. Las principales deficiencias que pueden imputársele afectan, entre otros aspectos, a tres falacias o mitos indiscutidos críticamente y, desde una perspectiva científica, por completo inaceptables. La teoría literaria contemporánea se presenta como un discurso ecléctico, plural y crítico. Es falso. De ordinario es una vulgar desvertebración irracional, idealista y dogmática de la interpretación de las obras literarias, y de forma específica de los materiales literarios. Insisto en que Babel no es el cosmos, sino el caos. Babel y la Academia son incompatibles porque el irracionalismo y el racionalismo son incompatibles. La una es la antítesis de la otra. Babel es el lugar en el que escriben y residen los que no quieren, no pueden, o simplemente no saben razonar. El Materialismo Filosófico es una reacción contra el irracionalismo y la ausencia de criterios científicos que dominan actualmente el campo de la teoría literaria, saturada de ideologías sofisticadas, creencias políticas y mixtificaciones culturales.

Por eso nadie puede construir responsablemente una interpretación sin definir crítica y racionalmente el método desde el que interpreta. Aquí se examinará la literatura desde el Materialismo Filosófico como método de interpretación, es decir, como una Teoría de la Literatura que se basa en los principios generales de una gnoseología materialista, teoría del conocimiento organizada desde la oposición materia / forma, cuyo campo de investigación es el conjunto de saberes contenidos en las obras literarias y con ellas relacionados, organizados sistemáticamente como conceptos categoriales, y cuyo objeto de interpretación son los materiales literarios, esto es, el autor, la obra, el lector y el intérprete o transductor. Adviértase que las ciencias no están delimitadas por su objeto de investigación, sino por su campo de investigación. Las ciencias son realidades constituyentes del mundo y constituidas desde el mundo. Toda ciencia es, en suma, una ontología. 

Las ciencias son realidades que están no solo interpretando, sino sobre todo configurando y construyendo nuestro mundo. Si el conocimiento existe es porque las ciencias las hacen los seres humanos. Más que un homo sapiens, el hombre debería estar considerado como un homo faber. No puede aceptarse que la ciencia sea una forma silogística (Aristóteles), apriorística (Kant) o lingüística / matemática (Carnap). La ciencia es ante todo una realidad, un contenido, una materia, en la que vivimos, y a la que además podemos conocer mediante una educación reglada o difusa; pero es sobre todo una materia en la que vivimos a través de la praxis política, moral, ética, jurídica, técnica, poética, biológica, etc., praxis a través de la cual desarrollamos nuestra existencia a lo largo de la vida. 

De este modo la ciencia se convierte en una ontología especial (no general) y categorial (aborda la realidad por parcelas o categorías), que estudia el ser, esto es, la materia, en segmentos o áreas categoriales previamente determinadas, mediante operaciones humanas de construcción e interpretación ejecutadas siempre por un sujeto que, más que cognoscente o sabio, es un sujeto operatorio, esto es, gnoseológico (Bueno, 1992, 1995, 1995a). Las ciencias están determinadas por las categorías que constituyen su campo de investigación, en el cual se encuentran los materiales que son su objeto de conocimiento. De hecho, las categorías brotan de los materiales de las ciencias. Porque Verum est factum, es decir, como advirtió Vico en su Ciencia nueva (1725), la verdad está en los hechos.

Las interpretaciones promulgadas por la mayor parte de las teorías literarias contemporáneas son todo menos interpretación literaria, científica o crítica. Son todo menos racionalismo. Son formas sin contenido, teoremas sin realidades físicas, teologías sin dioses materiales. El crítico posmoderno es un teólogo, es un teórico de la creencia, un arquitecto de formas inmateriales, un ilusionista de las palabras. Un sofista. Sus armas, la retórica y la fullería. Son los atributos negativos que definen a las Nuevas Teologías de la posmodernidad, cuyos dioses no son cosmogónicos, sino nihilistas. Porque lo que importa no es el Dios (el autor), ni la Religión (la literatura), ni siquiera la Ley (la poética o preceptiva), sino el Sacerdocio (el crítico de la literatura, en tanto que sofista de las ideas).



              1.2. El Materialismo Filosófico en el contexto de la teoría literaria contemporánea.

                       1.2.1. Degeneración y disolución de la Filología.
                       1.2.2. Crítica literaria impresionista o mundana.
                       1.2.3. Ideologías del intérprete vertidas sobre la literatura.
                       1.2.4. El Materialismo Filosófico como teoría literaria.

              1.3. El Materialismo Filosófico como método de interpretación literaria.

                       1.3.1. Racionalismo.
                       1.3.2. Crítica.

                                1.3.2.1. Doxografía y Literatura.
                                1.3.2.2. Ideología y Literatura.
                                1.3.2.3. Ética y Moral en Literatura.

                       1.3.3. Dialéctica.
                       1.3.4. Ciencia.
                       1.3.5. Symploké.


              1.4. Coda postulante.




Referencia bibliográfica de esta entrada


  • MAESTRO, Jesús G. (2004-2015), «Preliminares», Crítica de la Razón Literaria. El Materialismo Filosófico como Teoría de la Literatura, Vigo, Editorial Academia del Hispanismo (I, 1.1), edición digital en <http://goo.gl/CrWWpK> (01.12.2015).


Bibliografía completa de la Crítica de la Razón Literaria





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