I, 1.2.3 - Ideologías del intérprete vertidas sobre la literatura


Crítica de la Razón Literaria
El Materialismo Filosófico como Teoría de la Literatura

Jesús G. Maestro
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Índices

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Contra el uso retórico y sofista de la Teoría de la Literatura





¿Qué es un «Tercer mundo semántico» en Teoría de la Literatura? 






Ideologías del intérprete vertidas sobre la literatura

Referencia I, 1.2.3




CC0 1.0
El conocimiento ideológico de los hechos tiene muy poco que ver con el conocimiento filosófico de esos hechos, y casi nada que ver con el conocimiento científico de los mismos hechos. En el marco de la llamada posmodernidad se ha desarrollado una serie de “teorías literarias”, que se dan por supuestas como tales, y que en realidad funcionan como discursos ideológicos, cuyos presupuestos son creencias o ideales morales, y cuyos procedimientos no son científicos, sino sofísticos. No pueden aceptarse, pues, como teorías literarias, sino como ideologías que un intérprete vierte sobre la literatura y sus posibilidades de interpretación, es decir, como discursos sofistas que utilizan a la literatura, o en un sentido general a cualquier tipo de discurso humano —ya que en muchos casos no disponen ni manejan ningún concepto o idea consistente de lo que la literatura es—, para justificar su posición moral o ideológica en el mundo. No hacen crítica, sino ideología. Sus interpretaciones constituyen una teología de la literatura, una suerte de una Summa Theologica o Summa Contra Gentiles. Hablan para adeptos, para clientes, no para gentiles, no para miembros ajenos a su causa. La interpretación no es para ellos un conocimiento, sino una droga, un narcótico, un opiáceo. Así, por ejemplo, puede entenderse que cosas, o simplemente palabras —dada la indefinición con que se manejan y exponen—, como identidad, memoria, cultura, género, pueblo..., sean parte esencial del opio de la crítica posmoderna. La posmodernidad ha convertido a estas cosas en cuestión de opinión, de sentimientos, de política, etc., no de racionalismo científico y crítico, sino de sofística pseudocientífica y acrítica. 

En virtud de esa sofística degenerativa, la interpretación de pseudoliteraturas se convierte en análisis ideológico de doctrinas ya dadas, en rapsodias doxográficas inofensivas, o en teologías moralmente amaneradas, cuya función, de hecho, se reduce a suministrar criterios de selección para el reclutamiento de nuevos ideólogos orientados a la reproducción del gremio y del autismo gremial

La Identidad, tal como la plantean los lenguajes posmodernos, es un mito. En modo alguno ni esos pseudofilósofos ni esos pseudocientíficos de la Identidad ofrecen sistemas racionales de interpretación destinados a la solución material de problemas reales, pues lo que exponen son falsos problemas (sofística), que exigen soluciones también falsas. En cambio, lo que sí logran es encontrar modelos de manipulación de una gran importancia pragmática. Para la crítica posmoderna lo importante no es solucionar los problemas, sino sobrevivir a ellos mediante el control ideológico de las personas que, en el mundo acomodado, viven en la falsa creencia de ayudar moralmente a los que, en cualesquiera otros mundos, sufren sin tregua. Nada más teológico. Nada más cristiano. Las teorías literarias posmodernas son manuales de sofística en formato teológico. 

Así, por ejemplo, el nuevo historicismo reemplaza en muchos casos los datos del historicismo decimonónico por ideologías contrarias a las tradicionalmente impuestas, y nuevas creencias sustituyen a otras ya obsoletas, de modo que aquellas quedan incorporadas al presente etnológico o al pretérito histórico mediante la memoria. La historia deja de ser por este camino objeto de conocimiento para convertirse en objeto de memoria, y de olvido, es decir, en objeto de ideología y de psicología. No es la historia contada por los vencedores, ni tampoco por los supervivientes. 

Es la historia contada por los sofistas: aquellos que viviendo en la conformidad material, económica y académica del sistema, fingen criticarlo formalmente, pero no funcionalmente, es decir, con palabras, que nunca con hechos. ¿Cómo llamar a este tipo de investigadores, sino sofistas, pues son capaces de convencer con argumentos falsos? Una forma muy curiosa de practicar este modo de historicismo etnológico consiste en reconstruir una región del pasado con el fin de convertirla en una fuente o referente de sabiduría. 

La literatura, o sus sucedáneos materiales, se convierten entonces en una fuente de revelación o interpretación trascendental, que revela o encuentra secretos ocultos, en una suerte de espíritu sapiencial y oprimido. 

De este modo se reduce la literatura a una exégesis o hermenéutica que se limita a sustituir los materiales —que han de ser objeto nuclear de estudio científico— por el discurso, el lenguaje, la teología, el diálogo, que se destila en la mente del intérprete de turno. Se estudian así las culturas precolombinas, los pueblos celtas, el judaísmo altomedieval catalán, el último escritor nacido hace veinte años en un pueblecito latinoamericano, o a María de Zayas, y el intérprete cifrará su misión en la hermenéutica, cada vez más profunda, de estas culturas o personajes sapienciales, en los que se tratará de ver el Ser, íntimo y hondo, y por supuesto trascendental, que revela la identidad de una etnia, una generación, un pueblo, una persona, un chamán, una nación, etc... El interés de estos trabajos dependerá, obviamente, de la retórica de cada intérprete y de la mística de cada lector. 

Es una forma —por otra parte muy ordinaria— de concebir la sustantividad legendaria del pretérito.





Referencia bibliográfica de esta entrada


  • MAESTRO, Jesús G. (2004-2015), «Ideologías del intérprete vertidas sobre la literatura», Crítica de la Razón Literaria. El Materialismo Filosófico como Teoría de la Literatura, Vigo, Editorial Academia del Hispanismo (I, 1.2.3), edición digital en <http://goo.gl/CrWWpK> (01.12.2015).


Bibliografía completa de la Crítica de la Razón Literaria





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