I, 1.3.2 - Crítica


Crítica de la Razón Literaria
El Materialismo Filosófico como Teoría de la Literatura

Jesús G. Maestro
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Índices





Crítica

Referencia I, 1.3.2




(CC BY-SA 2.0) - Sally M,
Pencils in a circle
Como Teoría de la Literatura, el Materialismo Filosófico ha de desarrollarse en el ejercicio de la crítica literaria. No hay crítica literaria sin teoría o sin literatura, es decir, al margen de un objeto de conocimiento y de un método de interpretación. No resultará ocioso recordar que la palabra crítica aparece en español con un sentido moderno en El criticón (1651) de Gracián y en el Teatro crítico universal (1726) de Feijoo. Del griego crinein, el Materialismo Filosófico concibe la crítica literaria como una criba, clasificación, ordenación, valoración o análisis sobre el que construir una interpretación científica y dialéctica de los materiales literarios. La crítica literaria basada en el Materialismo Filosófico ha de ser científica y dialéctica, y no doxográfica, ni ideológica, ni moral. Doxografía, ideología y moral son formas acríticas de conducir y expresar el saber literario, frente a la ciencia y la dialéctica, que son formas esencialmente críticas de expresión, interacción e interpretación de saberes y conocimientos.

Es acrítico todo intento de definir la literatura o sus materiales mediante algún predicado permanente y global, tales como identidad, tolerancia, memoria, cultura, solidaridad, negritud, o cualesquiera dioses o ismos (homosexualidad, mestizaje, feminismo, multiculturalismo...), entre tantos ejemplos de palabras mágicas, estultamente bien vistas, y políticamente correctas, porque estos predicados son siempre abstractos, y presuponen ya la ideología o las creencias que se pretende derivar de ellos. Los materiales literarios no son una esencia rígida y lineal, inmutable o definitivamente dada, sino un contenido que está haciéndose y reelaborándose circularmente, esto es, dialécticamente, en cada experiencia que nos relaciona con ellos, a partir de un núcleo (la obra literaria), a través de un cuerpo (todos materiales literarios que, como tejidos, forman parte del cuerpo o estructura de la literatura sistemáticamente organizada: lenguaje, cultura, sociedad, autores, editores, lectores, intérpretes críticos...), y a lo largo de un curso (la historia de los materiales literarios, su creación, difusión, evolución e interpretación) que transmite y transforma incesantemente la forma, el sentido y los materiales de la literatura.

La crítica consiste ante todo en ordenar gnoseológicamente los materiales que constituyen nuestro objeto de interpretación según su contenido de realidad, es decir, según su contenido de verdad.

La crítica ejercida desde la Teoría de la Literatura, si pretende ser consistente y consecuente con los conceptos objetivos de las formas literarias que trata de explicar, ha de estar basada en una gnoseología que tenga en cuenta los criterios de materia, forma y verdad, es decir, ha de estar basada en una gnoseología materialista. Toda disciplina es inseparable de la materia que conforma, es decir, de la materia que da forma, a su objeto de conocimiento. La Teoría de la Literatura es inseparable de los materiales de la literatura. A una gnoseología materialista corresponderá determinar formalmente, esto es, teórica o teoréticamente, las posibilidades del conocimiento humano sobre los materiales literarios que constituyen el campo de investigación de la Teoría de la Literatura.

La epistemología se diferencia de la gnoseología en que la primera, como teoría del conocimiento basada en la oposición objeto conocido / sujeto cognoscente, no tiene en cuenta el problema de la verdad, o simplemente la da por supuesta, al margen de toda consideración crítica. Por su parte, la ontología es, como sabemos, aquella disciplina filosófica que se ocupa del estudio del Ser (del griego óntos y del latín ente), y que el Materialismo Filosófico prefiere denominar, estrictamente, materia. Porque el ser, o es material, o no es.

La gnoseología materialista considera que la materia y la forma son realidades inseparables, aunque disociables, es decir, no hipostasía, no convierte en metafísica, ni a la materia ni a la forma, sino que las trata como realidades sustantivadas, conjugadas y solidarias. Como teoría de la ciencia, el objeto de la gnoseología materialista es explicar la conexión entre la materia de una ciencia y su formalización o conformación como tal materia específica de esa ciencia, es decir, en el caso que nos ocupa, determinaría la relación entre los materiales literarios y las teorías, formas o teoremas que los estudian, esto es, la Teoría de la Literatura, la cual permite interpretar conceptualmente la verdad en ellos contenida.

La gnoseología materialista, al desarrollarse dentro de las coordenadas gnoseológicas de materia, forma y verdad, constituye la denominada Teoría del Cierre Categorial (Bueno, 1992). Esta teoría de la ciencia difiere de la epistemología aristotélica, kantiana o carnapiana, porque no puede aceptar que la forma de una ciencia sea una forma silogística, una forma a priori del entendimiento, o una forma lingüística o matemática. La gnoseología materialista, en que se basa la Teoría del Cierre Categorial, busca la forma o conformación de una ciencia en los nexos esenciales que la vinculan con sus contenidos de verdad, los cuales se objetivan en las concatenaciones o relaciones unitarias de sus partes o materias, constituyentes de su unidad inmanente, la cual se fundamenta de forma efectiva en la unidad sintética de sus partes materiales. Dicho de otro modo: toda ciencia ha de explicar formalmente sobre qué contenidos materiales está sistemáticamente construida. No se puede hacer una investigación científica de espaldas a la materia. Pues, en ese caso, ¿qué estamos estudiando? Fantasmagorías metafísicas.

En función de la verdad de las ciencias, esto es, de la formalización conceptual de su contenido material, la distinción gnoseológica entre materia y forma conduce a cuatro tipos posibles de teorías del conocimiento, a las que se refiere Bueno en su Teoría del cierre categorial (1992).

En primer lugar, cabe referirse al descriptivismo, como teoría de la ciencia que sitúa la verdad científica en la materia constitutiva del campo de cada ciencia (hechos, fenómenos, observaciones...), e interpreta aquello que puede encontrarse asociado al proceso científico (lenguaje, instituciones sociales, razonamientos, libros, experimentos...) como formas que no contribuyen propiamente a la conformación de la verdad científica —que se supone ya dada—, sino que facilitan metodológicamente el acceso a las verdades manifestadas por las descripciones de los hechos o de los fenómenos. 

La idea de verdad que sostiene el descriptivismo equivale a la noción griega de aléetheia, es decir, un descubrimiento de la realidad, un hallazgo desvelado de lo que es tal como es. Se supone de este modo que la verdad reside en la materia y que el científico no hace sino des-cubrirla, des-velarla, esto es, describirla. La materia, el objeto, es el lugar en el que reside la ciencia, y la forma (matemática, lógica, lingüística) no hace más que reflejarla o representarla. Desde este punto de vista, la ciencia estaría constituida por una teoría, es decir, por una forma, que da cuenta descriptiva de unos hechos o materiales objetivos y externos. Se trataría de una ciencia constituida por un tipo de conocimiento referido a una experiencia. Es una concepción científica dualista, que descansa en la distinción entre un objeto y un método. Ofrece un espacio epistemológico bidimensional. 

De este modo, los contenidos de una ciencia se entienden como reproducción o reflejo teórico y formal de un material objetivo y externo, que se supone previamente dado y autónomo (Aristóteles). En otros casos, ese mismo material puede ubicarse en la conciencia, el “pensamiento interior del hombre”, la vida subjetiva, la fe, la vivencia, la memoria, etc., de modo que la teoría describe en este supuesto una experiencia subjetiva e interna, dada de forma espontánea o genial en la mente del individuo (Kant). Agustín de Hipona o Lutero hablarían en este caso de mística o revelación, como forma de acceso a la Verdad, divina y metafísica. El primero de los supuestos antemencionados remite a la epistemología aristotélica, en la que se basa la teoría de la mímesis o imitación de la naturaleza como principio generador del arte, mientras que el segundo de los casos remite a la epistemología kantiana, que sitúa el centro de gravedad de toda interpretación en la conciencia o subjetividad del yo. 

De un modo u otro, ambos procedimientos son epistemológicos (objeto / sujeto), no gnoseológicos (materia / forma), y su fin se limita a desvelar formalmente unos contenidos ―sean exteriores al yo, sean dados en la inmanencia de su propia conciencia―, de modo que la naturaleza científica de su proceder se basa siempre en un mero descriptivismo. En su ensayo La deshumanización del arte, Ortega expresó con claridad esta diferencia que marca el paso de la mímesis aristotélica al idealismo kantiano: “de pintar las cosas se ha pasado a pintar las ideas” (Ortega, 1925/1983: 41). La epistemología descriptiva reconoce la presencia y función de las formas científicas, pero no las considera constitutivas de la verdad científica, y en esto se diferencia de la gnoseología materialista. Tal es el caso del positivismo histórico, que en su aplicación literaria se limitó a describir el acontecer historicista de los hechos literarios (autores, fechas y obras), de la fenomenología de Husserl, del primer positivismo lógico del Círculo de Viena (Schlick y Carnap)[1], o de la retórica y poética del psicoanálisis freudiano, por ejemplo.

En segundo lugar, hay que referirse al formalismo o teoreticismo, como teoría de la ciencia que sitúa la verdad científica en el proceso formal de construcción de conceptos, o de enunciados sistemáticos. Se basa en una idea de verdad próxima al concepto lógico y formal de coherencia de las construcciones científicas. Las ciencias se conciben de este modo como sistemas o teorías hipotético-deductivas. El formalismo surge al renunciar inicialmente a los axiomas evidentes, o verdaderos por sí mismos, y al establecer a continuación una equivalencia entre axiomas evidentes y postulados formales, pero carentes de contenido, en torno a los cuales comienza a enunciarse un sistema coherente de proposiciones derivadas. 

El teoreticismo alcanzó su máxima expresión en buena parte de las teorías literarias del siglo XX, a través del formalismo ruso, el estructuralismo, el neoformalismo francés y los posestructuralismos posmodernos. Lo mismo cabe decir del formalismo matemático de David Hilbert, o del paradigma kepleriano, auténtica aplicación extensiva del deductivismo matemático al terreno de la Astronomía y de la Física. Modernamente, la idea teoreticista de ciencia está ligada a la escuela del filósofo Karl Popper (1934, 1964, 1972), cuyo teoreticismo subraya la primacía de la forma sobre la materia en su definición de ciencia y de conocimiento científico, intensificando el componente teórico constructivo y operativo que se da de facto en la investigación científica. 

De este modo, se considera que los contenidos de una ciencia son algo esencialmente vinculado a las estructuras operatorias sintácticas, lingüísticas y lógico-formales, las cuales no se resolverían en el campo de los “datos” empíricos y materiales, sino en el terreno de las formas. De este modo, en última instancia, si algo falla, la realidad “está mal hecha”. El conocimiento científico no procede, pues, por inducción, sino por operaciones hipotético-deductivas, formuladas para dar cuenta y razón de los fenómenos materiales. 

Sin embargo, el punto débil del teoreticismo popperiano reside precisamente en la conexión entre la ciencia, que se considera como mundo autónomo y creador (ámbito de la forma vivificadora), y la realidad, o mundo de los hechos (que se concibe como un mundo inerte, o de materia inerte, ante las formas vivas de la ciencia). Un nexo negativo une, pues, las teorías a los hechos. La teoría de la ciencia se desarrolla en virtud de su propia fuerza y coherencia interna, y cuando alguna de sus proposiciones no se ajusta o adapta al plano de los hechos, resulta desmentida, refutada, o falseada, hasta que se adapte.

Frente a Popper y su concepción teoreticista de la razón y la ciencia abstractas, utópicas y ucrónicas, que sobrevuelan la materia y la informan desde el exterior, cabe advertir que la racionalidad efectiva humana es propia de sujetos corpóreos individuales y operatorios, es decir, que operan e interactúan en el medio exterior, circundante y envolvente[2].

En tercer lugar, el denominado adecuacionismo epistemológico se caracteriza por ser una teoría de la ciencia que distingue, en los cuerpos de las ciencias, una forma (lingüística, conceptual, teórica...) y una materia (empírica, real...), y porque define la verdad científica como una correspondencia o adaequatio entre las construcciones formales de las ciencias y la materia empírica o real constitutiva de sus campos. El adecuacionismo se basa, en consecuencia, en un postulado de correspondencia, concordancia o armonía, entre dos órdenes de componentes, mediante una hipóstasis o conversión metafísica que resulta inaceptable desde los presupuestos materialistas y racionalistas[3]

El adecuacionismo epistemológico es la teoría en la que se basa Hans-Robert Jauss (1967, 1970) al exponer su estética de la recepción, de modo que establece una adecuación o yuxtaposición entre la obra literaria (materia), por una parte, y una idea fenomenológica y sociológica de lector (forma), por otra parte. Jauss impone la coordinación o adecuacionismo entre ambos términos ―la obra como objeto y el lector como sujeto―, incurriendo en un extraordinario idealismo formalista y epistemológico, desde el momento en que postula la existencia, sin duda virtual, fenomenológica y teoreticista, de un lector “ideal” ―que Iser (1972) denominará “implícito”―, y que será de todo menos un lector real y efectivamente existente. Será un lector sin cuerpo, sin biografía, sin existencia operatoria. El lector diseñado por Jauss es un lector que nunca ha aprendido operatoriamente, esto es, de forma efectiva, a leer ni a escribir (Maestro, 2010).

En cuarto y último lugar, hemos de referirnos al circularismo gnoseológico propuesto por Bueno (1992), como teoría de la ciencia que concibe y organiza los sistemas proposicionales o causales como multiplicidades de elementos relacionados entre sí, no según un orden lineal (de principios a consecuencias, de causas a efectos), sino según un orden circular, en el que las consecuencias o los efectos pueden desempeñar a su vez, en un momento dado del proceso, la función de principios o causas. 

El circularismo gnoseológico considera que la distinción entre materia y forma de las ciencias debe entenderse como la relación entre dos órdenes yuxtapuestos, nunca hipostasiados (adecuacionismo), con el fin de construir el lugar de la verdad en la ciencia, sin negar por reducción la forma en la materia (descriptivismo), y sin negar tampoco por reducción la materia en la forma (formalismo o teoreticismo), sino mediante una transformación o transducción (Maestro, 1994, 1996, 2002) mutua y circular, solidaria y conjugada (Bueno, 1978a), de la una en la otra, de modo que la forma constitutiva de la ciencia pueda presentarse como el nexo esencial de concatenación y relación, como identidad sintética, de las partes constitutivas de la materia de las ciencias y, por supuesto, como contenido mismo de la verdad científica. 

La gnoseología materialista es la ejecución del circularismo gnoseológico, que está en la base de los procesos de construcción, comunicación, interpretación y transducción de los materiales literarios (Maestro, 2007b)[4].






Notas

[1] El descriptivismo hace un uso muy relajado del término ciencia, como cuerpo organizado de conocimientos, algo que en sí mismo es equívoco e inútil. Se trata más bien de un sinónimo del término disciplina, que incorpora a sus contenidos una segunda acepción de ciencia, como cuerpo de conocimientos históricamente desarrollados. Además, excluye dos atributos esenciales de toda ciencia, que, desde Descartes, se reconocen como ineludibles: su carácter necesario y su fundamento verdadero. El punto débil de esta idea descriptivista de ciencia es que carece de posibilidades para discriminar conocimientos cuyo estatuto gnoseológico es claramente diferente. Se puede aplicar por igual a la Química y a la Matemática que a la Historia, la Jurisprudencia o la Teología (aun cuando esta última no es una ciencia, porque su objeto de conocimiento, Dios, es físicamente igual a cero). Además, se le pueden hacer otras dos objeciones importantes. La primera, que no da cuenta del proceso efectivo, operativo y constructivista, de las ciencias positivas, ya que ninguna ley universal puede derivarse de un número finito de datos experimentales. (La inferencia por abstracción no basta para fundamentar un conocimiento objetivo, verdadero y necesario). Y la segunda, que es pura ingenuidad gnoseológica pretender que, por una parte, haya unos hechos (materia) y, por otra, una teoría (forma); es decir, por un lado, unos hechos sensoriales y, por otro, sobrevalorándolos, o yuxtaponiéndose a ellos, una construcción racional (de apariencia lingüística, lógica o matemática). Muy al contrario de lo que suponen estas dos limitaciones, la razón, la construcción racional, es la reorganización misma de las percepciones, de los preceptos, que son los objetos mismos. La verdad está en los hechos, tal como reconoce la tradición filosófica racionalista (verum est factum). Vid. a este respecto la obra de Mondolfo (1971), quien recoge abundantes conceptos que apuntan en esta dirección, desde Anaxágoras (“el hombre piensa porque tiene manos”) hasta Vico (“el criterio de tener ciencia de una cosa es efectuarla”). En este mismo contexto, cabe recordar las declaraciones de Pierre-Gilles de Gennes, Premio Nobel de Física (1991), al diario El País (22 de mayo de 1993): “Para pensar hace falta estar en contacto con la realidad”. En todos los supuestos señalados, vid. siempre Bueno (1972, 1992, 1995, 1995a).

[2] Popper concibe la naturaleza como algo eterno (ucrónico) y sin lugar de reposo (utópico). No deja de ser irónico, para el teoreticismo, que las matemáticas, ciencias exactas por excelencia, no puedan nunca ser desmentidas por los hechos, habida cuenta de su naturaleza formal y abstracta. La racionalidad (tecnológica, científica y filosófica, no puede pensarse sin el lenguaje, pero esta misma racionalidad no puede reducirse exclusivamente al lenguaje. Como señala Bueno (1992), tan racional es el sistema métrico de numeración decimal como el uso humano de la pentadactilia para manipular objetos corpóreos y tangibles. El concepto de racionalidad está vinculado al concepto del comportamiento individual independiente, es decir, al sujeto humano corpóreo y operatorio.

[3] Heredera de las formulaciones originales de Aristóteles, esta tendencia epistemológica supone que el conocimiento científico descansa de igual modo y en igualdad de condiciones sobre los dos fundamentos de toda ciencia: los componentes formales (teoría) y los componentes materiales (empiria). La verdad científica se define así por la relación de adecuación o correspondencia (isomorfismo) entre la forma proposicional desplegada por la lógica científica y la materia inerte a la que aquella forma va referida y referenciada. Es el caso de la conocida “teoría semántica de la verdad” formulada por Alfred Tarski. El adecuacionismo, con su postulado de la exacta correspondencia entre forma y materia, se presenta como una conjunción de la hipóstasis (sustantivación metafísica) de la materia practicada por el descriptivismo y de la hipóstasis de la forma proyectada por el teoreticismo.

[4] En consecuencia, la Teoría del Cierre Categorial (Bueno, 1992) asume del descriptivismo la exigencia de una presencia positiva del material empírico de una ciencia, y del teoreticismo su afirmación de una realidad constructiva, operatoria, lógico-formal en toda ciencia. Sin embargo, pretende superar las limitaciones de estas concepciones epistemológicas mediante el dualismo entre materia y forma, y a través de la disociación entre una “forma lógica”, supuesta depositaria de una racionalidad que se aplica a diferentes materias o contenidos empíricos. La Teoría del Cierre Categorial de Bueno (1992) considera que la forma lógica es solo el modo de organizar ciertos contenidos, el modo de establecer la conexión de unos materiales con otros en un contexto social. La racionalidad incluye la referencia a la materia, y no es disociable de ella de ningún modo. Porque materia y forma son conceptos conjugados, es decir, conexos internamente, e indisociables, pues no pueden darse por separado ni autónomamente (como sucede con otros conceptos conjugados: reposo / movimiento, espacio / tiempo, padre / hijo…) (Bueno, 1978a).




Referencia bibliográfica de esta entrada


  • MAESTRO, Jesús G. (2004-2015), «Crítica», Crítica de la Razón Literaria. El Materialismo Filosófico como Teoría de la Literatura, Vigo, Editorial Academia del Hispanismo (I, 1.3.2), edición digital en <http://goo.gl/CrWWpK> (01.12.2015).


Bibliografía completa de la Crítica de la Razón Literaria





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