I, 2.0 - Preliminares


Crítica de la Razón Literaria
El Materialismo Filosófico como Teoría de la Literatura

Jesús G. Maestro
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Índices




Preliminares

Referencia I, 2.0




CC0 1.0
La Literatura siempre contiene sustancias venenosas. Es un discurso cuyos materiales resultan con frecuencia tóxicos para personas singularmente comprometidas, ideologías ansiosas de lo políticamente correcto, grupos minoritarios —pero con pretensiones imperialistas— y siempre adolecentes de hiperautismo gremial. Estos grupos desarrollarían su actividad gregaria más cómodamente si la presencia formal y material de la Literatura fuera otra muy diferente de la efectivamente existente en el Canon Occidental, expresión redundante donde las haya, ya que es el único que hay. Hablar de canon literario es hablar de canon literario occidental. Hasta el momento presente, el americocentrismo de la posmodernidad contemporánea solo nos ha proporcionado psicologismo, retórica e ideología. Esto es, cosquillas al canon. Vanas pretensiones por elaborar, merced a la industria editorial y universitaria de los Estados Unidos, un antídoto contra ese canon literario. Por este camino, la Academia, como institución universitaria, solo puede convertirse y comportarse como una academia de corte y confección. El resultado será sin duda la indumentaria propia de un trampantojo, de una farsa, algo así como un carnaval en Babel[1].

Los escribas posmodernos aún no se han desengañado (es decir, viven en el engaño): contra los venenos de la Literatura no hay antídoto posible. La Historia de la Crítica y de la Teoría de la Literatura, desde el dogmatismo luminoso de Platón hasta la miseria imperial de la posmodernidad contemporánea, ha sido la historia de la búsqueda de varios antídotos, analgésicos y purgantes, para hacer asequible, digestiva, controlable, habitualmente so capa de explicación y doctrina, ante diferentes gremios sociales e instituciones humanas, la formalización y materizalización que la Literatura hace del mundo —del mundo interpretado (Mi)— en que vivimos.

Un mundo que pretenda organizarse desde los presupuestos ideológicos de lo “políticamente correcto” está en perfectas condiciones de considerar a la literatura como una de las formas sustancialmente más venenosas con las que una sociedad humana pueda entrar en contacto. Toda institución social, política, académica incluso, organizada conforme a objetivos exclusivamente morales, no estará nunca en condiciones de digerir ni la realidad de la literatura —de ninguna literatura—, ni la verdad de la vida real. Semejante ingestión será imposible, y tendrá efectos comparables a los de un tósigo de consecuencias irreversibles. La literatura, al igual que su interpretación racional, es decir, crítica, filosófica y científica, es incompatible con el dogmatismo moral. Sin embargo, ningún moralismo, por muy poderoso y muy correcto que políticamente se manifieste o se imponga, ha podido jamás convertirse en un antídoto definitivo frente a los múltiples e infinitos venenos de la literatura.

Platón fue uno de los primeros autores en condenar, en nombre incluso de la razón, el discurso literario, al negar en el ejercicio de la poética toda forma posible de inteligencia[2]. La Iglesia cristiana, cuyas necesidades imperiales la llevaron siempre a ocuparse muy materialmente de todas las cosas mundanas, se unió bien pronto a aquella parte de la actividad literaria que le fue completamente imposible derogar: el teatro. Los feminismos contemporáneos, ante la imposibilidad de travestir a Shakespeare o a Cervantes, niegan la legitimidad de estos autores en un supuesto canon occidental —en realidad, lo subrayo de nuevo, el único canon efectivamente existente—, promulgando una suerte de “nihilismo mágico”, en virtud del cual fuera posible borrar de un plumazo al orondo Falstaff, al omnipresente Quijote, o al mismísimo Canon Occidental, auténtica koiné de la literatura universal, diga lo que quiera el americocentrismo posmoderno[3].

Y como todo tósigo, las toxinas de la literatura acaban por envenenar, sin reservas y sin remedio, a todos los moralismos. La literatura es, por su propia naturaleza, un discurso provocativo, heterodoxo, comprometido, desafiante. La literatura es un veneno que carece de antídoto. Platón no pudo contrarrestarla. Su República es un libro, y muy literario, por cierto, que a pesar de su excelente geometría filosófica no eclipsa otras obras literarias a él contemporáneas. Los santos padres de la Iglesia católica, apostólica y romana, alcanzaron la cima de su impotencia en sus pretensiones de domeñar los contenidos de la literatura. La poética clásica, de fraudulenta atribución aristotélica, pretendió, a su vez, controlar la totalidad de las formas literarias, desde la imposición preceptiva de determinados conceptos decorosos, estilísticos, unívocos, unitarios, retóricos... Semejante falacia no soportó la experiencia crítica de la Ilustración y el Romanticismo europeos. Finalmente, nuestro tiempo nos deleita con un mensaje de salvación posmoderna, en el que las ideologías y los psicologismos de una teología de la literatura tratan de reemplazar los conocimientos críticos y científicos de una teoría de la literatura, a la vez que pretenden hacernos creer que, si practicamos determinadas interpretaciones de lo supuestamente literario —interpretaciones solidarias, humanistas, sexuales, étnicas o racistas—, seremos buenos y nos iremos a algún cielo benefactor, mientras que, si no lo hacemos, seremos, metodológicamente, artífices de lecturas equivocadas (misreading), es decir, malos lectores, y éticamente, insolidarios, es decir, malas personas.

Buena parte de las gentes que se dedican contemporáneamente a practicar lo que se denomina “teoría de la literatura”, en realidad, se sirven de la psicología panfilista, de la tropología de la liberación y del idealismo metafísico, para difundir una suerte de antídoto o analgésico capaz de contrarrestar aquella semántica literaria que su ideología no les permite digerir. Es decir: no pueden con la literatura, y construyen una moral, naturalmente gregaria y autista, que, desde pretensiones imperialistas —no por casualidad usan el inglés como lengua preferente—, pretende imponer a los demás una interpretación dogmática de lo que la literatura es, y debe seguir siendo, en la subjetividad cavernícola de sus conciencias. Actúan como si la literatura no fuera, ni pudiera ser, una realidad ontológica diferente de la que ellos necesitan imponer para justificar, y hacer posible, el mundo ideal —y absurdo por irracional— en el que creen vivir. En realidad, la literatura es, para cualquier ideología, una sustancia venenosa y provocativa que ninguna forma —ninguna política, por muy correcta y edulcorante que sea— puede neutralizar de modo definitivo.

Hegel no escatimó palabras, de plena actualidad, para censurar el uso fraudulento y frívolo de los saberes filosóficos:

Cuando transcurre por el tranquilo cauce del sano sentido común, el filosofar natural produce, en el mejor de los casos, una retórica de verdades triviales. Y cuando se le echa en cara la insignificancia de estos resultados, nos asegura que el sentido y el contenido de ellos se hallan en su corazón y debieran hallarse también en el corazón de los demás, creyendo pronunciar algo inapelable al hablar de la inocencia del corazón, de la pureza de la conciencia y de otras cosas por el estilo, como si contra ellas no hubiera nada que objetar ni nada que exigir (Hegel, 1807/2004: 45).

La retórica, como el sofista, satisface más la curiosidad y la ociosidad que el conocimiento. La teoría literaria contemporánea, anquilosada en la retórica posmoderna (género, identidad, indigenismo, feminismo, neohistoricismo, memoria histórica, negritud, etc…, palabras baúl en las que cabe todo, y nombres consigna —Barthes, Derrida, Foucault, Lévinas, Eagleton...—, cuyas obras se leen acríticamente), carece de criterios que permitan definir e interpretar de forma rigurosa lo que la Literatura es como Idea y como Concepto, es decir, como realidad formal y material. A continuación, expongo estas definiciones, que, como punto de partida, son imprescindibles en toda Teoría de la Literatura e inexcusables en cualquier tipo de investigación literaria. ¿Cómo puede hablar de Literatura alguien que no sabe explicar, en términos materiales y formales, lo que la Literatura es?







Notas

[1] Resulta interesante en este punto aludir al artículo de Levinson (1997), quien habla incrédulamente de “The Death of the Critique of Eurocentrism”, en la línea de homicidios metafísicos iniciada por el retórico Barthes (“La mort de l’auteur”), y a la que también se apuntó el sapientísimo Steiner (quien, reputado especialista en literatura comparada, nunca ha escrito, al menos hasta la fecha, nada legible sobre literatura española), con su fantástica The Death of Tragedy (1961). Vid. más adelante la nota en que nos referimos a las ideas de Brioso (2005) sobre el americocentrismo.

[2] “Porque es una cosa leve, alada y sagrada el poeta, y no está en condiciones de poetizar antes de que esté endiosado, demente, y no habite ya más en él la inteligencia” (Platón, Ion, 534b).

[3] De máximo interés resulta en el este punto el decisivo trabajo de Héctor Brioso (2005), en el que, tras una crítica racionalista, rigurosa y demoledora, del libro de Diana de Armas Wilson, titulado Cervantes, the Novel, and the New World (Oxford University Press, 2003), advierte con toda razón que “la lectura de este libro me hace pensar seriamente en las ideas de Brett Levinson sobre un nuevo colonialismo intelectual al revés, en el que los antiguos colonizados colonizan ahora figuradamente nuestros estudios occidentales y algunos estudiosos etnocentristas los re-colonizan a ellos por segunda vez. Hay, en efecto, un punto a partir del cual la crítica del etnocentrismo se vuelve, a su vez, falsamente compensatoria de agravios históricos y, por tanto, etnocéntrica de nuevo, al cabo de los siglos” (Brioso, 2005: 31). Añadamos que Brioso considera, con acierto, que libros como el de Diana de Armas sobre Cervantes nos sitúan “ante un nuevo hispanismo que permanece voluntariamente ajeno al positivismo de los inventarios y de las demostraciones empíricas. Más bien se atiene a otro tipo de razonamientos de corte poético, filosófico [en el sentido de una retórica y una sofística] y especulativo, fundados en muestras muy selectas, a veces de unas pocas palabras, tomadas de algunos textos de un solo escritor, en ese caso Miguel de Cervantes. En esta novedosa alquimia de las ideas, basta con una gota de oro para dorar un nuevo sistema ideológico que convierte a Cervantes en un americanista avant-la-lettre” (Brioso, 2005: 31).




Referencia bibliográfica de esta entrada


  • MAESTRO, Jesús G. (2004-2015), «Preliminares», Crítica de la Razón Literaria. El Materialismo Filosófico como Teoría de la Literatura, Vigo, Editorial Academia del Hispanismo (I, 2.0), edición digital en <http://goo.gl/CrWWpK> (01.12.2015).


Bibliografía completa de la Crítica de la Razón Literaria





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