I, 2.5 - Coda nuclear


Crítica de la Razón Literaria
El Materialismo Filosófico como Teoría de la Literatura

Jesús G. Maestro
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Índices





Coda nuclear

Referencia I, 2.5




CC0 1.0
Adviértase que, en toda obra literaria, el estudio del espacio antropológico da cuenta ante todo de la dimensión política, histórica, geográfica y religiosa de los materiales literarios (Maestro, 2007); a su vez, el análisis del espacio ontológico permite determinar toda una teoría de la ficción literaria, aquella que se objetiva en la realidad estructural de la obra literaria (Maestro, 2006); por su parte, el espacio gnoseológico indica el lugar que ocupa esa misma obra en una Genealogía de la Literatura (Maestro, 2012); finalmente, el espacio estético da cuenta de la Genología de la Literatura, esto es, del texto en sí y de las propiedades clasificatorias de sus materiales literarios en una Historia de la Literatura y en una Teoría de la Literatura (Maestro, 2009a).

Finalmente, ha de advertirse que los términos de un campo categorial o científico han de figurar siempre identificados y delimitados frente a otros, en clases organizadas, susceptibles de operaciones y relaciones sistemáticas. Esta situación pragmática exige dar nombre a los términos mediante signos, porque un término ontológicamente real, es decir, físicamente existente, no puede “entrar en estado puro”, es decir, en su dimensión estrictamente material, en el campo científico, sino que ha de entrar en él como materia formalizada, esto es, como materia interpretada conceptualmente, de modo tal que su entrada será una entrada semiológica. Por esta razón los términos son materiales de un campo científico en tanto que términos formalizados o conceptualizados por sujetos operatorios mediante operaciones semiológicas.



Interpretación de la Ontología literaria
desde la Semiología y la Gnoseología materialistas







Los términos conceptualizados son manipulados como signos, esto es, como formas o conceptos lógicos (M3) que remiten a objetos o referentes fisicalistas (M1), susceptibles de ser percibidos fenomenológicamente bajo un determinado sentido psicológico y subjetivo (M2), el cual habrá de segregarse o excluirse, en la medida de lo posible, del proceso de investigación científico, llevado a cabo por los sujetos operatorios que manipulan los términos del campo categorial, mediante un sistema de relaciones y de operaciones entre ellos. 

Es así como el Materialismo Filosófico reproduce, desde sus propias coordenadas, la totalidad y complejidad de la semiología, que queda de este modo incorporada a los procesos de constitución, relación y operatividad de los elementos formales y materiales constitutivos de una ciencia. 

Es indudable que la forma sensible del signo es su conceptualización o interpretación de la realidad a la que se refiere (M3), que el objeto o referente del signo es la materia real a la que se refiere (M1), y que el sentido o contenido psicológico del signo es lo que identifica, o le atribuye, la conciencia del sujeto operatorio (M2). Esta triple dimensión del espacio semiológico se da, por supuesto, en symploké

Por esta razón, cuando un sujeto operatorio trabaja con términos que carecen de dimensión física (M1), y resultan conceptualizados (M3) al margen de la realidad material que los hace posible, el único contenido que permite identificarlos y predicarlos será un contenido psicológico (M2), donde la fe, la creencia, la imaginación o la teología campeen por sus respetos. Cuando un sujeto “opera” con signos que no están relacionados con el mundo físico (M1), este sujeto se sitúa en un mundo meta-físico, es decir, hace Metafísica en lugar de Ciencia, razona idealmente en lugar de razonar materialmente, no permite que sus palabras puedan ser verificadas en el mundo interpretado por las ciencias, sino en un mundo dogmatizado por la Teología[1]

En tales casos, el sujeto se comporta como un retor, no como un científico, es decir, actúa como un sofista, no como un filósofo. En suma, estamos ante un impostor. Un farsante. 

Si los objetos de conocimiento nos proporcionan un conocimiento, es precisamente porque son objetos reales, formalizados y conceptualizados por las ciencias en sus distintos campos categoriales. La distinción entre objetos reales y objetos de conocimiento puede justificarse gnoseológicamente gracias a la semiología materialista.

A continuación, voy a referirme, en primer lugar, a la Genealogía de la Literatura (cap. 3), es decir, a los orígenes de los materiales literarios y a su configuración anterior a toda posible historia de las literaturas nacionales; en segundo lugar, me referiré a la Ontología de la Literatura (cap. 4), es decir, a los materiales literarios constituyentes del campo categorial de la Teoría de la Literatura —Autor, Obra, Lector y Transductor Literarios—; y, en tercer lugar, a la Gnoseología de la Literatura (cap. V), es decir, a la conceptualización científica o formalización crítica de tales materiales, lo cual exigirá una clasificación y una crítica gnoseológicas de las ciencias categoriales de la Literatura, así como de los procedimientos, principios y modos de tales ciencias.






Nota

[1] No olvidemos que el Materialismo Filosófico razona así: si las Ideas están ahí —incluida la idea de un dios inexistente y metafísico— es porque algo material y realmente existente las ha originado. De ahí la explicación de Bueno (1985) sobre el origen de las religiones, a partir de las esencias plotinianas, cuyo núcleo originario serían los animales numinosos.




Referencia bibliográfica de esta entrada

  • MAESTRO, Jesús G. (2004-2015), «Coda nuclear», Crítica de la Razón Literaria. El Materialismo Filosófico como Teoría de la Literatura, Vigo, Editorial Academia del Hispanismo (I, 2.5), edición digital en <http://goo.gl/CrWWpK> (01.12.2015).


Bibliografía completa de la Crítica de la Razón Literaria





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