I, 3.4.4 - Literatura sofisticada o reconstructivista


Crítica de la Razón Literaria
El Materialismo Filosófico como Teoría de la Literatura

Jesús G. Maestro
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Índices







Literatura sofisticada o reconstructivista

Referencia I, 3.4.4



Tritón tí a1pò th<ç a1lhzeíaç.
Platón, República (X, 602).

Oh! einsam steht und tiefbetrübt,
Wer heiß und fromm die Vorzeit liebt....[1]
Novalis, Hymnen an die Nacht, VI, vv. 17-18 (1800).

Mientras más razone la imaginación, más hermosa será la imaginación de la razón.
Vicente Huidobro, “Yo encuentro” (1925)[2].

La poesía es el álgebra superior de las metáforas.
José Ortega Gasset, La deshumanización del arte (1925/1983: 36).



Salvador Dalí
La denominada Literatura sofisticada o reconstructivista es aquella que combina, de forma tan poética como retórica, es decir, tan estética como artificiosa, contenidos pre-racionales —o pseudoirracionales— y saberes críticos, esto es, tipos de conocimiento antiguos e incluso arcaicos, de naturaleza irracional, propios de la magia, la mitología, la religión y la técnica, con modos de conocimiento basales, de naturaleza crítica, sofisticados gracias al desarrollo del racionalismo sobre el que se construyen, perfeccionados y ejercitados en el reconocimiento de la desmitificación que revelan, así como en la aceptación de la filosofía crítica y en la reconstrucción tecnológica y formalista de los materiales literarios. Este tipo de Literatura sofisticada o reconstructivista deja explícitamente al descubierto su naturaleza formalista y esteticista, no exenta con frecuencia de implicaciones lúdicas y recreativas, en las que se incluye de modo más o menos latente o patente el ejercicio de la crítica sobre la complejidad y la realidad de la vida humana. François Rabelais, Shakespeare, Cervantes, Daniel Defoe, Goethe, William Blake, John Keats, Lewis Carroll, Victor Hugo, Rubén Darío, Franz Kafka, Rainer-Maria Rilke, Vicente Aleixandre, Jorge Luis Borges, Julio Cortázar, Gonzalo Torrente Ballester, son algunos de los autores más representativos de una amplísima nómina de escritores en cuya obra se amalgaman de forma muy sofisticada tipos irracionales de conocimiento y modos críticos de raciocinio. Es indudable que toda la literatura de cualesquiera tiempos y lugares está penetrada de esta combinación oximorónica entre contenidos irracionales y formalizaciones críticas de tales contenidos, extraídos con frecuencia de contextos culturales previos a la consolidación del racionalismo humano, y que se reiteran y preservan en él a través de las más diversas formas estéticas, retóricas y poéticas.

En la Literatura sofisticada o reconstructivista, el autor formaliza estéticamente, mediante reconstrucciones tan artificiosas como reflexivas, los componentes arcaicos o antiguos de un mundo indudablemente pretérito y ya inasequible, con frecuencia distante y exótico, pero que la Literatura recupera, sofisticadamente, desde un formato crítico, merced a una experiencia racional que se disimula tras un aparente y seductor irracionalismo. 

De este modo, la Literatura sofisticada reconstruye el mito desde una experiencia estética absolutamente psicológica: Alberti sabe que no existen los ángeles cuando escribe su poemario Sobre los ángeles (1929), y también es consciente de que cuanto expone está destinado a un público que no cree en la existencia operatoria de los númenes celestes de ninguna religión. La mitología resulta soluble en la psicología de la Literatura sofisticada, pero solo en la medida en que la fortalece y la formaliza lúdica y críticamente. 

En segundo lugar, esta Literatura sofisticada habla de episodios y acontecimientos en los que la magia, lo imposible o lo extraordinario desempeñan una actividad fundamental y decisiva: Kafka sabe que ningún ser humano dispone de la más pequeña posibilidad de despertarse convertido en un insecto, y sin embargo escribe en 1915 una novela en la que Gregor Samsa cuenta cómo es su vida tras haberse transformado, sin que se explique cómo, en un animal que parece ser una cucaracha. 

La magia de las culturas antiguas —y de las literaturas primitivas o dogmáticas— se sofistica aquí en un discurso sobrenaturalista —propio de las literaturas reconstructivistas, formalistas o esteticistas—, en el que caben lo fantástico y lo maravilloso con todas sus variantes. Kafka no es Apuleyo: aquí no interviene la magia, sino lo sobrenatural aceptado como tal. En tercer lugar, la Literatura sofisticada introduce figuras que reemplazan la religión por el animismo puro: Wenceslao Fernández Flórez, en El bosque animado (1943), sabe que ni uno solo de los númenes a los que da vida en su escritura operan en la realidad de Galicia. También lo saben sus lectores. Pero nadie desautorizará la novela por esta razón. Ni tampoco por otra aún más grave, incluso para la época en se publica, cual es el hecho de que las figuras sobrenaturales que la protagonizan carecen de todo fundamento religiosamente ortodoxo, para asumir en su lugar un animismo por completo intransitivo. Son númenes, pero no númenes sagrados, aun cuando la mayoría de ellos está envuelta en una cultura religiosa de signo católico. 

La religión de las literaturas primitivas pierde en las literaturas sofisticadas su valor sagrado, que resulta intervenido ahora por un animismo puro, en cierto modo neutro, sin duda incrédulo, y jamás teológico. Algo semejante ocurre en buena parte de la obra de otro escritor gallego, como es Gonzalo Torrente Ballester. En su Ifigenia (1949), los dioses mitológicos, propios de las religiones secundarias, se comportan como númenes que parecen haber sido educados en un mundo contemporáneo al del autor. No hay en los dioses de Torrente ningún valor sagrado ni religioso. Lo mismo cabe decir de los elementos maravillosos y sobrenaturales que pueblan las páginas, extraordinariamente lúdicas y desmitificadoras, de su Don Juan (1963) o de La saga/fuga de J.B. (1972). Las literaturas sofisticadas disuelven la experiencia religiosa arcaica y antigua en la estética formalista de un animismo basal

Y en cuarto y último lugar, ha de advertirse que este tipo de literaturas se sirve de todas las técnicas posibles para someter los materiales literarios a procesos de reconstrucción y sofistificación cada vez más complejos y efectistas, desde un relato como Oficio de tinieblas 5 (1973) de Camilo José Cela hasta una novela como Cien años de soledad (1967) de Gabriel García Márquez o Conversación en la catedral (1969) de Mario Vargas Llosa, por no hablar de los Caligramas (1913) de Apollinaire, del pastiche como género literario específicamente reconstructivista (las Nuevas andanzas y desventuras de Lazarillo de Tormes de Cela, 1944), o las más actuales formas de literatura digital, en la que el texto puede leerse dentro de un intertexto artístico mucho más amplio y complejo, dentro del cual se yuxtaponen y coordinan digitalmente, a través de la pantalla informática, la palabra escrita —u oral— la música y la pintura (Gullón, 2010).

En suma, el lector y el crítico se encuentran aquí ante un tipo de literatura, la sofisticada o reconstructivista, atractivamente compleja, que procede en sus formas y relaciones de un modo oximorónico, mediante la recreación racional de contenidos y materiales pre-racionales o irracionales. En cierto modo, es una literatura que reproduce, desde un racionalismo lúdico, creativo y recreativo, reconstructivo y sofisticado, materiales praeter-racionales, procedentes de componentes arcaicos de culturas pretéritas, como el mito, la magia, la religión o la técnica.

Sus formas literarias están muy ejercitadas, y sus autores las han sometido a profundos procesos de reflexión, lo que ha permitido que se nutran, de forma muy atractiva y seductora, de referentes, materiales y componentes en principio irracionales, que una y otra vez se recrean y reconstruyen bajo formas estéticas muy renovadoras, hábilmente experimentales y siempre vanguardistas. Sin embargo, aunque el tratamiento formal, estético o poético, de tales materiales resulte innovador, en su fondo puede revelarse ocasionalmente una nostalgia por lo primitivo, lo mítico, lo genesíaco, o incluso, si se trata de discursos susceptibles de resonancias políticas, esa nostalgia puede proyectarse hacia el elogio de sociedades bárbaras o retrógradas (indigenismo, etnocracias primitivas, etc.), si bien en este último supuesto hablaríamos propiamente de Literatura programática, determinada por la defensa o legitimación de una ideología particular o de una etnarquía arcaizante.

El hecho fundamental es que la Literatura sofisticada reelabora, desde el uso de la razón contemporánea, formas de conocimiento primitivas o praeter-racionales. Sus fundamentos y formalización racional están en el eje circular o humano del espacio antropológico, si bien el autor extrae sus contenidos de un eje angular codificado por culturas con frecuencia primitivas y bárbaras, siempre revestidas de adanismo e idealismo roussonianos —un mundo arcádico, inocente, virgen—, cuyos componentes arcaicos se recrean estéticamente de forma racional y crítica. 

Esta razón explica que la nostalgia del Numen y el mito del Inconsciente broten con mucha frecuencia en este tipo de literaturas, que expresan sofisticadamente una melancólica emoción por formas primitivas de conocimiento, abolidas de forma definitiva por la razón, y que por eso mismo se reconstruyen poética y estéticamente, pero —y aquí reside la más enriquecedora paradoja de su razón de ser— usando la razón. ¿Con qué fin?, pues con el fin de recrearse formalmente en materiales míticos, mágicos, religiosos, y técnicamente primitivos, como pueden ser el enigma de escrituras, manuscritos, inscripciones…, característicos de un mundo antiguo e irrecuperable, ajeno ya a la realidad presente, interpretada y categorizada por las ciencias, la filosofía y el racionalismo contemporáneo al momento de su composición. 

Lo específico de esta Literatura sofisticada o reconstructivista es que la percepción, construcción y diseño de sus materiales pre-racionales solo es posible desde la interpretación racional, científica, crítica y dialéctica del saber histórico dado contemporáneamente a la altura de la época de su elaboración estética y literaria. Por eso en cierto modo la Literatura sofisticada o reconstructivista puede interpretarse en muchos casos como una nostálgica y sofisticada reconstrucción de un mundo primitivo o prehistórico, o de alguno de los materiales o componentes arcaicos propios de ese pasado. Se trata, en suma, de la reconstrucción racional de un mundo irracional o praeter-racional.

En este punto, podría decirse que el lector se encuentra ante una literatura regresiva y progresiva. Regresiva porque supone un regressus desde la razón materialista hacia un racionalismo idealista, y siempre ejecutado, desde el uso de formas literarias racionales, hacia los contenidos y referentes materiales de un mundo irracional o pre-racional. Y progresiva, en tanto que su racionalismo —si bien impregnado de idealismo— se ejerce críticamente, enfrentándose de forma dialéctica a la realidad material del mundo contemporáneo al que pertenece su autor.

No por casualidad, la Literatura sofisticada o reconstructivista se sitúa en el modelo que Bueno (2004) asigna a las filosofías contemporáneas, a la vez que se apoya recursivamente, esto es, de forma circular, paralela y simultánea, tanto en el idealismo () como en el materialismo (). Quiero decir con esto último que la Literatura sofisticada reconstruye tanto desde el materialismo —críticamente— como desde el idealismo —lúdicamente— una poética de la realidad, poética en la que se dan cita conocimientos irracionales idealizados y saberes críticos que los formalizan literariamente, enfrentándolos con la complejidad y la realidad de la vida humana. 

Nótese que la Literatura sofisticada o reconstructivista asume simultáneamente las dos direcciones, pese a la contrariedad de sus sendos sentidos, que se dan en la Literatura programática o imperativa, cuyo itinerario será el del Idealismo, el cual parte de un Mundo metafísico (M) o nouménico, y en la Literatura crítica o indicativa, cuyo itinerario es el del Materialismo, al tomar como premisa el Mundo fenomenológico (Mi) interpretado por la razón.



¬ - - - - - - - - - - - Idealismo

Mi   Ì   E   Ì   M

Materialismo - - - - - - - - - ®



Ahora bien, conviene advertir aquí, a propósito del trayecto idealista que toma como punto de partida el mundo irracional como referente o repositorio de una “verdad” superior y trascendente, que las supuestas formas irracionales de la Literatura sofisticada o reconstructivista, tan invocadas en obras como la poesía de William Blake, John Keats, Les chants de Maldoror, los versos de Rainer-Maria Rilke, el surrealismo bretoniano, el teatro de Lorca, o las formas estéticas de la literatura fantástica y maravillosa, son componentes arcaicos recuperados con frecuencia por la contemporaneidad de su esplendor estético y numinoso. Lo cierto es que de este modo el autor acaba por perpetuar, desde el racionalismo más metafísico, la presencia del eje angular en la creación literaria contemporánea. La mitología y la numinosidad están destinadas a poblar un mundo visible y, paradójicamente, racional. ¿Por qué? Pues porque, en realidad, todo irracionalismo es un racionalismo de diseño. El irracionalismo es, como la imaginación y la fantasía, obra de la razón humana.

Y entre todos los irracionalismos, el mejor y más racionalmente diseñado es el que ha dado lugar a la idea de Inconsciente, el nombre que el siglo XX da a la Metafísica tradicional, merced a la seducción poética y retórica del psicoanálisis freudiano. Tras el inconsciente, y en el inconsciente mismo, no hay nada. El inconsciente no existe. Es un mito. Pero uno de los mitos más narcisistas y seductores que se hayan construido jamás. Se trata de un sueño freudiano, compartido por infinitos sofistas, como Lacan, quienes le han sacado un partido y una rentabilidad populista y académica desorbitante, la cual no prueba ni de lejos la validez ilusoria de tales “teorías”, sino el poder de seducción de sus discursos y metáforas, es decir, la ignorancia espectacular e histórica de generaciones y generaciones de profesionales de las denominadas “ciencias humanas”, auténticos tratantes de una suerte de ocultismo académico y sofisticado.

El surrealismo es una estética y una poética cuyo diseño es absolutamente racional. El surrealismo es obra de una razón insatisfecha. Es realmente  inconcebible al margen de la razón, desde el momento en que es una de las formas de la que se sirve la razón humana para restaurar en el arte y en el mundo contemporáneos la nostalgia del mito. Hablar de surrealismo equivale a hablar de una recuperación racionalista del mito que, una vez restaurado, se presenta en sus formas como ajeno a la razón que lo ha reconstruido y diseñado, es decir, que lo ha hecho posible y sensible, además de inteligible. 

Los contenidos de la estética surrealista se presentan formalmente como si, en lugar de ser una consecuencia racional del logos humano, fueran un impulso acrítico y apriorísticamente dado, que resultara descubierto inocentemente por una especie de “inconsciente” —auténtica fantasmagoría metafísica y retórica, además de altamente poética, esgrimida por la tropología freudiana, con objeto de someter a la totalidad del género humano a una suerte de dependencia insuperable, procedente de una realidad todopoderosa e incontrolable, la cual, lejos de ser divina y trascendente, resulta ser muy humana y muy inmanente, y, al contrario que todo dios, resistente a cualquier posible negación, so pena de ser acusado el nihilista que se atreva de incredulidad, ignorancia o enfermedad represiva de variado género y pelaje. 

El surrealismo no es sino un movimiento estético que encierra y articula una crítica específica y rigurosa contra una muy determinada idea de racionalismo humano, precisamente aquel que afirma la simplicidad del ser humano y que niega la decisiva complejidad del pensamiento subjetivo, tratando ese racionalismo chato de hacer legible el pensamiento humano en términos propios de un pensamiento simple. En una democracia en la que no hubiera nada que ocultar el surrealismo no tendría ni la más mínima posibilidad de existir. Dicho de otro modo, no tendría razón de ser. Resultaría implanteable, por innecesario. 

El surrealismo es fruto y obra de una razón oprimida —no de una razón que reprime—, que ha de buscar para manifestarse, desarrollarse y preservarse, formas ilegibles e imperceptibles a la razón opresora. El surrealismo es una de las alternativas dialécticas de las que se sirve la razón humana para enfrentarse a aquellas otras formas racionales que, en un determinado momento, pueden resultar inconvenientes al ejercicio de determinadas facultades estéticas, sociales o políticas. 

Cuando el arte no encuentra apoyos en el racionalismo establecido, busca formas nuevas, inéditas y alternativas de razonar, es decir, busca la sistematización de un racionalismo diferente. El arte es la forma a través de la cual razonan quienes superan las deficiencias y limitaciones de las ciencias. Surrealismo es, pues, razón contra razón, es decir, dialéctica, pero en absoluto es obra o resultado de la sinrazón. Del irracionalismo no sale nada susceptible de ser inteligible. Ni en las ciencias ni en las artes.

La retórica demuestra cuán necesarios son los recursos técnicos para hacer visible algo que de otro modo carecería por completo de valor. Es el magno y hondo reproche de Platón a los poetas: “Tritón tí a1pò th<ç a1lhzeíaç” (República, X, 602). La Literatura, y el arte en general, es la tercera de las capas que cubre, desde la apariencia, la verdad. Los númenes, como los mitos y las figuras ejecutoras de la magia, desde los arúspices, chamanes y profetas, en su coalición con la razón, hacen que la Literatura se sofistique. El irracionalismo aquí convocado no es un irracionalismo natural, genuino, auténtico, fruto de la ignorancia. No. Es un irracionalismo fingido, artificial creado y recreativo, lúdico y adecuado incluso al divertimiento. Es un irracionalismo de diseño. Sofisticado. Un irracionalismo reconstruido, ¿por quién?: por la Razón.

No por casualidad la Literatura sofisticada o reconstructivista constituye el cuarto y último estadio de la Genealogía de la Literatura, desde el momento en que sus componentes son resultado de la combinación de tipos de conocimiento crítico, conformados en el modelo de la Literatura crítica o indicativa, y modos de conocimiento pseudoirracionales, es decir, de inspiración y origen irracional —según el modelo de la Literatura primitiva o dogmática—, pero siempre diseñados racionalmente, con frecuencia desde un racionalismo idealista, cuya elaboración y formato sigue el modelo de la Literatura programática o imperativa. En suma, podría afirmarse que a una Literatura sofisticada solo se llega plenamente tras haber atravesado la genealogía de las precedentes familias o linajes literarios. 

De este modo se explica que el mito, la magia, la religión y la técnica (Literatura primitiva o dogmática), tras haber conocido el impacto de los conocimientos críticos, respectivamente se desmitifique, se racionalice, se enfrente a la filosofía y se desarrolle en paralelo a la ciencia (Literatura crítica o indicativa); que al contacto con un idealismo acrítico se convierta el mito en ideología, la magia dé lugar a pseudociencias, la religión se articule en una teología, y la técnica alcance una expansión tecnológica; así, como último estadio, la Literatura es capaz, de forma muy sofisticada y racional, de recuperar el mito a través de la psicología del lector, de reproducir la magia a través del sobrenaturalismo evocado en los referentes literarios, de retrotraernos a la religión numinosa merced al animismo de la naturaleza, y de recrearse lúdicamente en la generación y regeneración de técnicas y formas experimentales de la estética verbal a través de la reconstrucción de todo tipo de materiales literarios, desde el pastiche hasta la imitación poética o la continuación intertextual. Psicologismo (surrealismo, creacionismo…), Sobrenaturalismo (literatura fantástica y maravillosa), Animismo (Goethe, Blake, Keats, Rilke, Aleixandre…) y Reconstructivismo (pastiche) son las principales configuraciones poéticas de la denominada Literatura sofisticada o reconstructivista.












Notas

[1] “Quien amó con piedad el mundo pasado / no sabrá ya qué hacer en este mundo…” (Novalis, Himnos a la noche, VI, vv. 17-18, 1800/1998: 79).

[2] Reed. en Manifiestos, Huidobro (1914-1925/2009: 80).




Referencia bibliográfica de esta entrada


  • MAESTRO, Jesús G. (2004-2015), «Literatura sofisticada o reconstructivista», Crítica de la Razón Literaria. El Materialismo Filosófico como Teoría de la Literatura, Vigo, Editorial Academia del Hispanismo (I, 3.4.4), edición digital en <http://goo.gl/CrWWpK> (01.12.2015).


Bibliografía completa de la Crítica de la Razón Literaria





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