I, 5 - Preliminares


Crítica de la Razón Literaria
El Materialismo Filosófico como Teoría de la Literatura

Jesús G. Maestro
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Índices




Preliminares

Referencia I, 5



Una filosofía sistemática tiene que destruir polémicamente el material que no resulte integrable en su propio proceso, porque, en cierto modo, podría decirse que se alimenta de aquellos materiales que, por ello, debe comenzar por triturar. El sistema filosófico es «heterótrofo», porque la verdad de una filosofía solo se conforma (a diferencia de la verdad científica) como negación dialéctica de la verdad pretendida por otros sistemas filosóficos. Por ello, la filosofía es esencialmente (directamente, no oblicuamente) crítica —y «crítica» significa aquí: crítica de otros sistemas o argumentaciones filosóficas alternativas, que deberán por tanto, ser presupuestos—. La verdad y el sentido del teorema de Pitágoras no necesitan polemizar con conjuntos de proposiciones alternativos […]. La verdad de una filosofía no consiste tanto en la supuesta adecuación a un orden de cosas que no puede ser establecido al margen del propio sistema, sino en la capacidad trituradora (polémica, crítica) de otros órdenes de cosas alternativos.

Gustavo Bueno (1984: 9-10).



(CC BY 2.0) Antonio López - Araña Tigre
La razón humana siempre ha sido algo políticamente muy débil. No por casualidad Razón y Política se han traicionado de modo mutuo con indignante frecuencia a lo largo de la Historia. En nuestros días, Razón y Política parecen convivir ignorándose de forma irresponsable. Resulta innegable que los políticos han sido casi siempre un lastre muy lesivo para el racionalismo humano. Como los periodistas, sus principales cómplices contemporáneos.

Discutible o no, lo cierto es que situaciones de este tipo dañan muy gravemente a una institución como la Universidad, un engendro de la Política y de la Razón, con ancestrales genealogías muy eclesiásticas.

Porque una de las consecuencias de este mutuo menosprecio político-racionalista es la Universidad que tenemos, endogámica, prevaricadora y corrupta, y a día de hoy completamente inhabilitada para el ejercicio verdadero de la investigación científica. No me refiero a la Universidad española, sino a la Universidad en términos esenciales, como un organismo propio de los Estados posmodernos contemporáneos. 

Quede claro que la Universidad en España goza de un régimen de libertad y de libertinaje que la convierte en una institución mucho más segura y eficiente que otras extranjeras, igual de endogámicas, prevaricadoras y corruptas que la nuestra, pero mucho mejor maquilladas y acaudilladas, más sofisticadas en el ejercicio de todas sus fechorías y diestramente apadrinadas en las estadísticas y rankings internacionales, aunque sobre estas cuestiones nadie quiera entrar en detalles (de esto, mejor que se ocupen los periodistas que no los jueces). El cinismo, con ser inconmensurable, no da para todo.

La vida académica fuera de España no es mejor que dentro de ella. Díganlo quienes la sufren, si tienen valor —o libertad— para reconocerlo y confesarlo. Los problemas de la Universidad no son hoy una cuestión nacional —ni nacionalista—. Nada más ridículo que una Universidad nacionalista, como muchas de las que se benefician de los presupuestos ministeriales del Estado español. Son, realmente, los problemas universitarios un asunto ya insoluble. Ningún gobierno, durante décadas, ha querido resolverlos. Todo lo contrario: los ha preservado y subvencionado.

 Nuestro tiempo, que ha borrado fronteras históricas ancestrales, ha levantado murallas domésticas que aíslan a las personas por su sexo, sus ideologías o sus mitificantes preferencias ecológicas, nacionalistas o neofeudales. Una sociedad humana radicalmente fragmentada en todas sus concepciones repudia la idea misma de Universidad. Un mundo babélico, un mundo del revés, no necesita universidades, sino para burlarse de ellas y ante ellas. Y desde dentro, desde su misma matriz académica. Piénsese, por ejemplo, que quienes más hacen por deteriorar diariamente el funcionamiento científico de la Universidad son los primeros en firmar y promover manifiestos colectivos —con pretensiones espectaculares— en favor de la calidad y la investigación científica en esas universidades en las que se parasitan burocráticamente como mogrollos.

Una de las tesis esenciales de este libro es que la Universidad, debido a la radical pluralidad y especificidad de las construcciones científicas actuales, es un lugar inconveniente, impotente, e incluso aberrante, para el desarrollo de las ciencias. La Universidad no es el lugar del trabajo del científico. La Universidad es para los burócratas. Las Ciencias buscan otros escenarios de desarrollo, otros organismos o instituciones para su desenvolvimiento. Como la Iglesia en tiempos pretéritos, la Universidad de hoy pierde el contenido del saber y el control evolutivo de las ciencias. Está en manos de burócratas y sofistas. El ocio se impone en el curso de una vida académica hipnotizada por la burocracia y confitada por la politiquilla de pasillo y vía estrecha. El hecho mismo de que el profesor universitario no tenga que ganarse enérgicamente su sueldo compitiendo mes a mes fuera de su seguro y limitado ámbito laboral —irrespirablemente endogámico, dentro y fuera de España— convierte su actividad profesional en una labor más reflexiva que efectiva, entretenida —recreativa— en plácidas meditaciones, y, en suma, en algo mucho más contemplativo que inteligente. No necesitamos interpretaciones de cartujos informáticos y wikipedistas, sino construcciones y transformaciones efectivamente operatorias.

El título de este libro no es una broma retórica, sino todo lo contrario: la explicitud de una realidad que casi nadie está dispuesto a reconocer y mucho menos aún a contrarrestar. El hundimiento de la teoría —en el contexto general de las denominadas “ciencias humanas”— y de la teoría de la literatura —muy en particular— tiene mucho que ver con el hundimiento de la Universidad. Como institución científica, nuestras universidades son caserones en ruinas, un organismo sentenciado por su necrosis irreversible, donde básicamente se abastece lo más parasitario e improductivo de nuestra sociedad política y burocrática. Hay un hecho innegable y determinante: la deserción creciente de las ciencias del ámbito académico. Es una realidad en ciernes que resulta irreversible.

La Universidad, tal como funciona actualmente en materia de Letras y Humanidades, es una institución absolutamente obsoleta. Solo desde el parasitismo estatal cabe sostener su defensa y preservación. Y solo desde un radical derrumbe —que sobrevendrá por sí solo— y una imposible reorganización de nuestras actuales sociedades políticas —reorganización que nadie es capaz de afrontar— valdrá la pena comenzar de nuevo a hablar de la Universidad como institución académica. Pero en un contexto tecnológico, político y económico muy diferente del presente.

La investigación científica, para sobrevivir, tiene que abandonar necesariamente la Universidad. La Teoría de la Literatura, también. De hecho, la mayor parte de lo que bajo el rótulo «Teoría de la Literatura» se imparte en las universidades actuales —tanto en España como fuera de España— no es teoría de nada general o específico, ni en la mayoría de los casos se refiere a la literatura sino de forma extremadamente tangencial y deformante. A veces, incluso, de forma caricaturesca, y acaso ridícula. Es, en el mejor de los casos, sofística sin consecuencias —porque jamás rebasa la atención de sus artífices universitarios—, y tropología de patio de escuelas —por las mismas razones, exclusivamente recreativas—. La Literatura es una trampa para quien no sabe razonar.





Referencia bibliográfica de esta entrada


  • MAESTRO, Jesús G. (2004-2015), «Preliminares», Crítica de la Razón Literaria. El Materialismo Filosófico como Teoría de la Literatura, Vigo, Editorial Academia del Hispanismo (I, 5), edición digital en <http://goo.gl/CrWWpK> (01.12.2015).


Bibliografía completa de la Crítica de la Razón Literaria





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