I, 5.3 - Principios Gnoseológicos del Conocimiento de la Literatura


Crítica de la Razón Literaria
El Materialismo Filosófico como Teoría de la Literatura

Jesús G. Maestro
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Índices







Principios Gnoseológicos del Conocimiento de la Literatura

Referencia I, 5.3



La verdadera figura en que existe la verdad no puede ser sino el sistema científico de ella.
Gustavo Bueno, Teoría del Cierre Categorial (1992: 9).
                                                    


CC0 1.0
El saber exige exponerse constructivamente como ciencia, como sistema. Constructivamente implica que el conocimiento no se limitará a ser una exposición de ideas, conceptos, teoremas, consejos o saberes, sino que su fin fundamental es construir la realidad, no solo ilustrarla o interpretarla. El fin del conocimiento no es la reflexión, sino la construcción y la transformación de la realidad. Dicho de otro modo: no se pretende usar la Ciencia para demostrar un saber, sino para operar con ese saber. El saber que buscamos, el conocimiento que manejamos, pretende ser constructivista y transformador —transductor—, es decir, operatorio. No estudiamos para interpretar la realidad, sino para actuar sobre ella. No usamos la Literatura como una terapia personal, cognoscitiva o académica, sino como una categoría de la realidad y del mundo desde la que es posible introducir cambios, construcciones y transformaciones. No pretendemos dejar intacta la realidad literaria con nuestros conocimientos. No actuamos estrictamente como universitarios —no queremos ser eso—, es decir, burócratas del conocimiento, sino como científicos en el sentido más ejecutivo y operatorio de esta palabra. La Teoría del Cierre Categorial, aplicada a los materiales literarios, exige una nueva visión de la Ontología de la Literatura y de la Gnoseología de la Literatura. Actúa, además, bajo la jurisdicción de una Teoría de la Ciencia que no cabe en la Universidad actual, limitada, ante la radical pluralidad y especificidad de las ciencias, por una visión cogenérica, idealista y burocrática de ellas.

Las Ideas implican siempre una coordinación crítica (symploké) entre conceptos. Las Ideas exigen una ontología previa sobre la que poder actuar: la Ontología de las Ciencias. No se puede hacer Teoría de la Ciencia de espaldas a las Ciencias positivas y operatorias, del mismo modo que no se puede hacer Filosofía ignorando los avances científicos y sus logros efectivos en los distintos y múltiples ámbitos categoriales. No puede haber una Gnoseología disociada de una Ontología.

Gnoseológicamente, la Teoría del Cierre Categorial distingue entre Principios y Modos de las Ciencias[1]. Bueno (1992) fundamenta esta distinción en la estructura objetiva que se dispone en el campo gnoseológico de cada ciencia, y no en una supuesta estructura atribuida a la actividad psicológica de la mente que los genera o procedente de ella. Esta última sería una estructura fenoménica, no una estructura esencial, y daría lugar a una interpretación psicológica o sociológica, pero no gnoseológica.

En consecuencia, los Modos de las Ciencias son aquellos criterios que, como criterios generales, determinan o disponen las posibilidades de construcción de los contextos determinantes —exteriores o estrictamente materiales— de las ciencias. Siguiendo a Bueno, designamos a estos criterios con el nombre de modos gnoseológicos de las ciencias. Estos modos científicos de conocimiento pueden ser trascendentes (descriptivismo, teoreticismo, adecuacionismo y circularismo) o inmanentes a cada ciencia (definiciones, clasificaciones, demostraciones y modelos), como se explicará en el capítulo siguiente. En este apartado me referiré a los Principios de las Ciencias, y de forma específica a los Principios de la Teoría de la Literatura como ciencia categorial de la Literatura o de los materiales literarios.

Los Principios de las Ciencias son aquellos criterios que, como criterios especiales o específicos de cada ciencia, organizan o disponen la diversidad de normas constitutivas que conforman los términos y las relaciones (entre términos) del campo científico, en cuya inmanencia se construyen los contextos determinantes resultantes de las operaciones de los sujetos gnoseológicos. De acuerdo con Bueno, designamos a estos criterios con el nombre de principios gnoseológicos de cada ciencia.

Es muy importante insistir en la distinción que Bueno establece entre contextos determinantes o armaduras y contextos determinados. Los contextos determinantes o armaduras representan los componentes más materiales de las ciencias —literalmente, su materia prima—, como fenómenos genuinos que se manifiestan al investigador o sujeto gnoseológico y que exigen ser operados, intervenidos, para formalizarse como términos y conceptos constituyentes de forma específica del campo categorial, esto es, para integrarse formalmente como términos conceptualizados de los contextos determinados. 

Por eso hemos dicho que los contextos determinantes son exteriores o trascendentes al campo, mientras que los contextos determinados son inmanentes, resultado de la formalización de los materiales fenoménicos y referenciales que, captados fuera del campo, se integran en él debidamente conceptualizados. Pongamos un ejemplo. Si queremos interpretar el Quijote, hemos de partir de una serie de fenómenos y de referentes que, en principio, formarán parte material de un contexto determinante o armadura trascendente al propio Quijote, pero indisociables de él, como es el caso de Cervantes —hombre biográfico de carne y hueso—, el Quijote de Avellaneda, los reinados de Felipe II y Felipe III, la batalla de Lepanto, el problema histórico de los cristianos cautivos en Argel, las consecuencias de la Reforma y del Concilio de Trento, la novela picaresca y la novela bizantina, la idea de locura en el Renacimiento y en el Barroco, el concepto de comedia nueva lopesca y el peso de la poética mimética o aristotélica, etc… 

El conjunto de todos estos hechos, elementos o componentes, que estimemos oportuno organizar y disponer en nuestra armadura o contexto determinante, determinará u objetivará —valga la redundancia— el campo gnoseológico de nuestro trabajo sobre el Quijote, y configurará un nuevo contexto, ya determinado o inmanente —contexto determinado—, donde los términos estrictamente materiales habrán sido sometidos a un proceso de formalización y objetivación progresivos, cuya calidad dependerá, indudablemente, de las competencias del investigador o sujeto gnoseológico (operatorio), que lleve a cabo tales operaciones, relaciones y determinaciones. 

Téngase en cuenta, como se ha dicho con anterioridad, que las operaciones seleccionan Fenómenos y Referentes (eje semántico del espacio gnoseológico) del contexto determinante para convertirlos en Términos (eje sintáctico), debidamente formalizados, y conceptualizados, a fin de integrarlos en el campo gnoseológico de la investigación, mediante las relaciones (entre términos), lo que permite delimitar territorialmente las fronteras del campo científico —frente a otros términos no permitentes de la investigación, que quedarán excluidos por irrelevantes—, constituyendo de este modo el contexto determinado, merced a los términos formalizados que lo integran y consolidan de forma efectiva como una estructura gnoseológica, es decir, formal y material, en la que es posible objetivar identidades sintéticas

Las operaciones llevadas a cabo por seres humanos, como sujetos gnoseológicos o científicos (intérpretes) convierten fenómenos exteriores en Términos constituyentes del campo categorial o científico (Lepanto, Argel, la Reforma, el erasmismo, la literatura bizantina, el referente caballeresco, el Quijote de Avellaneda, etc…), de modo que a partir de tales Términos, las relaciones procederán a su progresiva conceptualización (los relatores convierten los términos en conceptos) en el tejido lógico-formal y lógico-material del campo gnoseológico del que tales términos son constituyentes. 

Los términos conceptualizados constituyen el núcleo de la ontología de la ciencia. A su vez, los fenómenos que se manifiestan y presentan al investigador en los contextos determinantes o armaduras externas actúan como auténticos nutrientes o fertilizantes de los contextos determinados o inmanentes. Las operaciones construyen Términos a partir de Fenómenos [T < F], es decir, llevan a cabo construcciones objetuales. A su vez, las relaciones, al relacionar los Términos [T ^ T] constituidos por las Operaciones, establecen o instauran Conceptos a partir de los Términos relacionados [C < T ^ T], es decir, llevan a cabo construcciones proposicionales, objetivando el camino hacia la constitución de las identidades sintéticas o verdades científicas[2].

La Teoría del Cierre Categorial trabaja con figuras gnoseológicas explícitas, que son siempre signos conceptuales y lógico-materiales de hechos y presencias reales, corpóreas, operatorias. No trabajamos son signos retóricos, idealistas, sofistas o ideológicos. La ciencia no es signo de irrealidades. Nuestra posición gnoseológica es completamente opuesta a la de la posmodernidad. La ontología del cierre categorial es siempre una ontología gnoseológica, es decir, operable, constructiva, transformadora de la realidad efectivamente existente. Nada metafísico hay en nuestras actividades, ni en sus causas ni en sus consecuencias, ni en su genealogía ni en sus últimos desenlaces. Por esta razón debe quedar muy claro que el uso de figuras gnoseológicas —teoremas, axiomas, postulados, premisas, problemas, fórmulas, etc…— será siempre el uso de figuras explicativas constituidas por hechos corpóreos y presencias reales.

En consecuencia, la Teoría del Cierre Categorial concibe las Ciencias como conjuntos sistemáticos de teoremas, referidos a categorías delimitadas o cerradas por sus propios campos de conocimiento y construcción de la realidad en que están insertas. Un teorema es una figura gnoseológica que resulta de la construcción o inducción —es decir, que no se deduce, sino que se construye— a partir de un conjunto de premisas que se sintetizan y conforman una matriz teórica autónoma. Los teoremas incorporan siempre en sus formulaciones modos gnoseológicos inmanentes de conocimiento (definiciones, clasificaciones, demostraciones y modelos). 

De este modo, los teoremas funcionan como células gnoseológicas constituyentes de organismos científicos, es decir, de la ontología de las ciencias, organizadas cada una de ellas en parcelas o categorías. Hablar de teoremas es hablar de construcciones gnoseológicamente completas, es decir, constituidas por una parte o construcción objetual (material) y una parte o construcción proposicional (formal), que, mediante la configuración de los contextos determinantes que hacen posible su formulación, logran establecer relaciones verdaderas entre los Términos de un campo gnoseológico. Este es el concepto de teorema según la Teoría del Cierre Categorial, es decir, el teorema concebido como el contenido constructivo de una teoría científica[3].

Así pues, los Principios de cada ciencia son principios constitutivos de los términos y de las relaciones, dados en el eje semántico del espacio gnoseológico, en tanto que este eje es operatorio. Los Principios solo pueden establecerse a partir de la construcción de conjuntos de teoremas, los cuales, a su vez, solo se dan a partir de la configuración de contextos determinantes. Solo desde los teoremas, que se construyen a través de las operaciones, los Principios habrán podido ejercitarse y, por tanto, formalizarse o enunciarse como tales principios[4].

Desde el Materialismo Filosófico, el análisis general de los Principios de las Ciencias toma como referencia el espacio gnoseológico y sus tres ejes anteriormente expuestos. Para construir los principios de las ciencias hay que regresar a los ejes sintáctico y pragmático del espacio gnoseológico. ¿Por qué?: porque aunque los contextos determinantes (que son los que permiten formular los principios) son armaduras o configuraciones dadas en el eje semántico, los principios desbordan estas configuraciones, y afectan a los tres niveles del campo o tres ejes del espacio gnoseológico (sintáctico, semántico y pragmático)[5].

En definitiva, los Principios de las Ciencias, conforme a una Gnoseología general, permiten determinar de forma objetiva, en el eje sintáctico del espacio gnoseológico, las relaciones entre los términos del campo categorial o científico[6]. Lo mismo puede decirse respecto a los referentes, fenómenos y estructuras esenciales dados en el eje semántico, y de los autologismos, dialogismos y normas ejecutables en el eje pragmático. 

Dado que el caso que aquí nos ocupa no es una teoría general del conocimiento científico, sino una teoría específica de él, es decir, una Gnoseología especial o específica, referida a la Teoría de la Literatura, no seguiremos en la exposición los tres ejes del espacio gnoseológico general del conocimiento, sino el sistema conceptual de la Gnoseología especial o específica de la Teoría de la Literatura, determinada por su contexto determinante fundamental, cuya construcción brota de la ontología misma de los materiales literarios, y que ha de responder al siguiente cuerpo, de cuya interpretación me he ocupado a lo largo de la obra titulada Crítica de la razón literaria (10 vols., 2004-2015):


                           5.3.1. Postulados fundamentales de la Teoría de la Literatura.

                           5.3.2. Concepto de Literatura.

                           5.3.3. Genealogía de la Literatura.

                           5.3.4. Ontología de la Literatura.

                           5.3.5. Gnoseología de la Literatura.

                           5.3.6. Concepto de Ficción en la Literatura.

                           5.3.7. Genología de la Literatura.

                           5.3.8. Literatura Comparada.


A partir de los contextos determinantes o exteriores, como componentes materiales de la Teoría de la Literatura, que aquí vamos a convocar, es posible disponer los contextos determinados o interiores, como componentes formales de una teoría literaria, tal como los hemos desarrollado en la Crítica de la razón literaria. Nuestro propósito, al exponer los siguientes Principios gnoseológicos del conocimiento de la Literatura, es el de ofrecer —en términos de Bueno (1987: 316-317)— un sistema de “reglas de segregación o exclusión” de relaciones inadecuadas. No se trata de reducir aquí las “verdades” de la Teoría de la Literatura a una rapsodia lingüística o expositiva de hipótesis, teoremas o fórmulas, sino de construir more geometrico un sistema conceptual de Principios gnoseológicos fundamentales de la Teoría de la Literatura basada en el Materialismo Filosófico como sistema de pensamiento y —en este caso— de interpretación literaria. Lo que se presenta aquí ha de entenderse como un “proceso de discriminación diamérica” —que diría Bueno— de conceptos, es decir, un sistema de principios teórico-literarios que aseguren la objetividad y la efectividad del Materialismo Filosófico como Teoría de la Literatura[7].








Notas

[1] Como explica Bueno (1992), la diferenciación, como determinaciones formales (gnoseológicas), entre principios y modos de las ciencias, ya estaba establecida en la tradición escolástica, en su Logica mayor. Del mismo modo, en el Libro I de los Elementos de Euclides también se dispone esta distinción entre principios —definiciones (horoi), axiomas (axiomata) y postulados (aitemata)—, teoremas y problemas (que la Teoría del Cierre Categorial interpreta como modos). Así sucedía desde el punto de vista de Euclides o de la filosofía escolástica: a) los principios se interpretaban como conceptos o principios incomplejos, frente a los principios complejos o premisas (juicios o proposiciones evidentes); b) los modos (modi sciendi) se interpretaban como los resultados característicos, en la producción científica, de la actividad de los diversos actos de la mente en el manejo de los conceptos lógicos: del primer acto (concepto) resultarían las definiciones; del segundo acto (juicio), las divisiones; y del tercer acto (raciocinio), las demostraciones.

[2] Diremos, parafraseando a Bueno (1992) en sus formulaciones al respecto, que un campo gnoseológico es una totalidad de términos (pertenecientes a clases distintas) relacionados entre sí de forma material y lógica. Además, la construcción científica, esto es, material y formal —la formalización conceptual de los materiales del campo científico—, no se desarrolla de forma mecánica ni acrítica, sino mediante alteraciones, configuraciones, relieves..., es decir, mediante la construcción de armaduras o contextos determinantes: organizaciones o configuraciones lógico-materiales de los términos constitutivos del campo. Los contextos determinantes o armaduras son esquemas materiales de identidad, es decir, son materiales que, una vez conceptualizados o formalizados, permiten construir identidades sintéticas entre los términos gnoseológicos de un campo científico. Los contextos determinantes o armaduras permiten construir verdades científicas. Los contextos determinantes se distinguen de los contextos determinados porque los segundos son genéricos a los campos tecnológicos y científicos, mientras que los primeros poseen posibilidades de “fertilidad” para determinar relaciones necesarias entre los términos de un campo, frente a los contextos determinados, que en este punto son, según Bueno, completamente “estériles”.

[3] Como señala Bueno (1992) en la exposición de su teoría de la ciencia, el contenido constructivo de los teoremas puede desembocar en una conclusión proposicional, en una clasificación (teorema de los cinco poliedros regulares), o en un modelo (la concepción copernicana del epiciclo lunar). En la tradición escolástica, por ejemplo, el teorema se concibe como el modo científico (modus sciendi) de la demostración silogística. En la Lógica formal contemporánea, teorema equivale a un proceso de derivación lógico-formal desarrollado a partir de premisas dadas. La Escolástica y la Lógica formal de nuestro tiempo conciben la ciencia como un “sistema lineal e hipotético-deductivo de proposiciones”. Su postura es completamente teoreticista. Por su parte, la perspectiva del Materialismo Filosófico, desarrollada gnoseológicamente en la Teoría del Cierre Categorial de Bueno, concibe la ciencia como un conjunto sistemático, abierto e indefinido, de teoremas, a la vez que concibe el campo gnoseológico de cada ciencia como un conjunto sistemático de armaduras o contextos determinantes. Desde tal perspectiva gnoseológica, la ciencia equivale a una construcción a la que los teoremas se agregan progresivamente, entretejiéndose unos con otros, sistematizándose y reorganizándose en la inmanencia de un campo cerrado, pero nunca clausurado de forma definitiva, porque su cierre es susceptible de ampliaciones en círculos cerrados cada vez más dilatados o extensos. Las construcciones científicas parten de núcleos originarios bien definidos —teoremas o células gnoseológicas— que van desarrollándose en un cuerpo científico, al margen de cualquier dirección prefijada o predeterminada, y a lo largo de un curso histórico y social, en cuyas circunstancias diferentes factores pueden interactuar con los procesos de construcción científica.

[4] En la tradición de Aristóteles-Euclides se distinguen los principios incomplejos (definiciones) y los complejos (axiomas y postulados). Distinción muy forzada —según Bueno—, porque no cabe defender que las definiciones reales sean “conceptos” y no “proposiciones”; y porque la distinción entre axiomas y postulados no es gnoseológica cuando apela a los grados de evidencia, sino epistemológica (Bueno, 1992: I, 138-139).

[5] Según Bueno, hay que distinguir entre principios sintácticos y principios pragmáticos. Desde la perspectiva del eje sintáctico, los principios dados en el eje semántico podrán distinguirse como principios de los términos, de las relaciones y de las operaciones. Los principios de los términos son los mismos términos primitivos, en tanto que están enclasados y protocolizados, dice Bueno. Los principios de los términos no son meramente conceptos o definiciones nominales, o símbolos algebraicos o lingüísticos, sino que son los términos mismos del campo, en tanto que fenómenos (históricos, literarios, ópticos, térmicos, acústicos, etc.) analizados y coordenados. Los principios no son previos a la ciencia, sino algo interno e inmanente a ellas, son una realidad dada in medias res en los campos científicos particulares o específicos. Así, por ejemplo, la circunferencia es un principio de la Geometría, como el pentasílabo adónico es un principio de la métrica, o la tonalidad de La menor es un principio de la teoría musical. Los principios de las relaciones podrán interpretarse como los axiomas de Euclides, esto es, como principios sistemáticos. A su vez, los principios de las operaciones se podrán interpretar como los postulados de Euclides, o principios de cierre categorial. Bueno recuerda en este punto el principio de Lavoisier, según el cual “la materia no se crea ni se destruye”. Desde la perspectiva del eje pragmático, los principios dados en el eje semántico podrán distinguirse como principios autológicos (piénsese en el cartesiano cogito, ergo sum), principios dialógicos (posibilidad de sustitución, comunicación y continuidad entre sujetos operatorios y comunidades científicas), y principios normativos (no contradicción, tercio excluido, etc.).

[6] Para una diferencia entre Gnoseología general y Gnoseología especial de las Ciencias, vid. Bueno, 1992: 2, 647-662), sobre “La distinción entre teoría general y teoría especial de la ciencia”.

[7] Para una adecuada comprensión de los Principios gnoseológicos del Materialismo Filosófico como Teoría de la Literatura que se exponen a continuación, es absolutamente recomendable la lectura y consulta de las obras de Gustavo Bueno, señaladas en la bibliografía final, y que el lector puede además encontrar en el siguiente enlace de internet, correspondiente a la Fundación Gustavo Bueno: http://www.fgbueno.es/gbm/gb0bibl.htm. Asimismo, indico a continuación las obras en que estos Principios —aquí enunciados sintéticamente— se encuentran desarrollados y explicados en sus correspondientes contextos teóricos y metodológicos más amplios: Vol. 1, La Academia contra Babel. Postulados fundamentales del Materialismo Filosófico como teoría literaria contemporánea, 2006; Vol. 2, ¿Qué es la literatura? Y cómo se interpreta desde el Materialismo Filosófico como Teoría de la Literatura, 2009; Vol. 3. Genealogía de la Literatura. De los orígenes de la Literatura, construcción histórica y categorial, y destrucción posmoderna, de los materiales literarios, 2012; Vol. 4, Los materiales literarios. La reconstrucción de la Literatura tras la esterilidad de la “teoría literaria” posmoderna, 2007; Vol. 5, Gnoseología de la Literatura, 2015; Vol. 6, El concepto de ficción en la literatura, 2006a; Vol. 7, Crítica de los géneros literarios en el Quijote. Idea y concepto de “género” en la investigación literaria, 2009; Vol. 8, Idea, concepto y método de la Literatura Comparada, 2008. Una versión de la Crítica de la Razón Literaria, impresa en un volumen único, puede verse en Contra las Musas de la Ira. El Materialismo Filosófico como Teoría de la Literatura (Oviedo, Pentalfa, 2014).




Referencia bibliográfica de esta entrada


  • MAESTRO, Jesús G. (2004-2015), «Principios Gnoseológicos del Conocimiento de la Literatura», Crítica de la Razón Literaria. El Materialismo Filosófico como Teoría de la Literatura, Vigo, Editorial Academia del Hispanismo (I, 5.3), edición digital en <http://goo.gl/CrWWpK> (01.12.2015).


Bibliografía completa de la Crítica de la Razón Literaria





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