I, 5.6 - Teoría de la Literatura y Teoría del Cierre Categorial


Crítica de la Razón Literaria
El Materialismo Filosófico como Teoría de la Literatura

Jesús G. Maestro
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Índices




Teoría de la Literatura y Teoría del Cierre Categorial

Referencia I, 5.6


La teoría del cierre categorial pretende estar en condiciones para aclarar muchos puntos acerca del “Estatuto” de las llamadas “ciencias humanas”.
Gustavo Bueno (1978d: 2).

La teoría del cierre categorial parte de la concepción de que son las operaciones prácticas (tecnológicas —de la poiesis— o prudenciales —praxis—) aquellas que están en el origen de los conocimientos científicos y, en general, de todo conocimiento.
Gustavo Bueno (1991: 65).



CC0 1.0
El ser humano no transforma la realidad, sino que la construye y reconstruye categorialmente —esto es, por parcelas— y científicamente para sí. El ser humano no transforma la realidad, la materia ontológica general o Mundo (M), sino su vida, el mundo que habita, esto es, la materia ontológico especial o Mundo Interpretado (Mi). Y solo transforma su vida en la medida en que se adapta inteligentemente, es decir, racionalmente, a una realidad desbordante, insaciable y creciente, una realidad que —omnímoda (M)— siempre rebasa y trasciende todas las posibilidades operatorias humanas (Mi). La realidad no necesita al ser humano para nada. Y aún menos para transformarse. La realidad se transforma por sí sola y por sí misma. Si el ser humano se cree una excepción ante el orden operatorio de la realidad es porque actúa más como ingenuo o temerario ignorante que como un individuo inteligente y prudente. Las ciencias no apadrinan ni pretenden ningún desafío: las ciencias son tecnologías constructivas de un mundo terrenal y humano, no instrumentos transformadores de ninguna realidad trascendente o celestial. Las ciencias no rivalizan con el “más allá” ni acaudillan revoluciones metafísicas. Temeridades de ese tipo solo pueden brotar de la nesciencia y la ignorancia, no de las ciencias. Pero en este proceso de construcción y reconstrucción categorial de la realidad, es decir, en este sistema de procedimientos operatorios que el ser humano es capaz de ejecutar en el Mundo (M), para hacer de él un Mundo Interpretado (Mi), las ciencias constituyen la tecnología clave y decisiva. Las ciencias no transforman la realidad (M), sino sus contenidos categoriales (Mi). Las ciencias construyen categorialmente la materia ontológico especial (Mi), no transforman la materia ontológico general (M).

El Mundo Interpretado (Mi) es obra de las ciencias. El Mundo Interpretado (Mi) es ante todo un mundo construido, resultante de una operatoriedad humana capaz de diseñar y ejecutar posibilidades de adaptación a un orden operatorio impuesto por una materia ontológica general (M). El Mundo impone sus condiciones materiales, y el ser humano sobrevive a ellas y en ellas en tanto que las interpreta, construye y reconstruye de forma tal que adquiere una posición habitable en ese Mundo, es decir, en tanto que formaliza operatoriamente, en una materia especial (Mi), la materia ontológica general (M) de la que todo procede. Los diferentes recursos de que dispone el ser humano para llevar a cabo esta formalización operatoria de la materia ontológica general, es decir, para ejecutar la construcción del Mundo Interpretado (Mi), es lo que conocemos con el nombre de Ciencias. De espaldas a las Ciencias, la construcción de este mundo, la reconstrucción constante de la realidad humana, es un imposible. Las ciencias son los instrumentos y las tecnologías que nos permiten a los seres humanos la adaptación operatoria (Mi) a una realidad (M) que nos desborda.

Las Ciencias son la matriz y el motor del Mundo Interpretado (Mi). Son su sustento —nuestro sustento— fundamental. Las Ciencias constituyen —son, de hecho— las tecnologías que nos permiten adentrarnos en el Mundo (M) y hacer de él una realidad inteligible y operatoria, esto es, habitable (Mi).

Las Ciencias construyen la vida del hombre (Mi) sin transformar la realidad (M). El Mundo, la materia ontológica general (M), siempre permanece intacto, inagotable, incombustible. Dicho de otro modo: las Ciencias acomodan al ser humano en el Mundo Interpretado (Mi) sin alterar el orden operatorio del Mundo (M), un orden y un Mundo que pueden ir conociendo, sí, y que de hecho van conociendo, pero que en lo esencial y sustancial no pueden cambiar ni pueden agotar. Ni siquiera consumir. El fin de las Ciencias es construir una realidad asequible al ser humano, una realidad habitable e inteligible. Las Ciencias otorgan al ser humano un lugar en el que sobrevivir. Diseñan un cosmos en el seno de un caos, esto es, un Mundo Interpretado (Mi) en el contexto o matriz de un Mundo (M) inconmensurable, inagotable, incombustible. Las Ciencias construyen, y en tanto que construyen, conocen. Lo operatorio es previo a lo inteligible. El conocimiento es consecuencia resultante de la construcción científica, no causa de ella. Conocemos porque construimos, porque somos sujetos operatorios antes que sujetos cognoscentes. El conocimiento que no se basa en operaciones no es, de hecho, un conocimiento científico.

En consecuencia, la ignorancia es el desconocimiento del orden operatorio que impone y dispone dialécticamente la realidad (M), orden ante el cual el ser humano podrá intervenir, también de forma operatoria y dialéctica, en la medida de sus competencias racionales, bien para ser triturado por la realidad —si actúa como ignorante—, bien para comprender el funcionamiento de esa realidad a fin de coexistir con ella, y de hacerse compatible con ella —siempre que sea capaz de racionalizar el comportamiento de lo real sin idealismos ni fantasmagorías—. 

La realidad no acepta lo que no es compatible con ella. En el mejor de los casos, permite que el ser humano construya materialmente múltiples y dialécticas formas de hacerse compatible con ella —y con su racionalismo—, para sobrevivir en ella, siempre conforme a las exigencias de su propio racionalismo, esto es, del racionalismo de lo real y efectivamente existente. El sueño de los idealistas solo produce insomnio. El ser humano razona en tanto que su racionalismo es compatible —y está construido de acuerdo— con el orden operatorio impuesto por la realidad del Mundo (M), es decir, por la materia ontológico general (M), cuya categorización científica permite formalizar materialmente —esto es, construir operatoriamente— el Mundo Interpretado (Mi) en que vivimos. 

Razonamos correctamente en la medida en que somos capaces de construir correctamente un Mundo Interpretado (Mi). Dicho de otro modo: somos sujetos gnoseológicos porque antes somos sujetos operatorios. No basta la razón teórica: la supervivencia del ser humano exige siempre una razón práctica. Nuestro conocimiento es más bien resultado de nuestras operaciones, antes que causa de ellas. Nosotros mismos somos resultado de múltiples operaciones científicas y categoriales. Nuestro mundo (Mi) es obra de las Ciencias. Nosotros, también.

La Gnoseología es una teoría ontológica de la Ciencia. Lo hemos dicho y ha de insistirse en ello, porque este postulado es uno de nuestros presupuestos fundamentales, que aplicamos a la Teoría de la Literatura, y que tomamos de la Teoría del Cierre Categorial de Gustavo Bueno.

Semejante premisa nos sitúa en una posición clave a la hora de exponer una Teoría de la Ciencia desde la que —tal como plantea la Teoría del Cierre Categorial— las ciencias no tienen como finalidad interpretar el mundo, sino construirlo. El fin de la Ciencia no es el conocimiento de la realidad, sino su construcción. Las ciencias son, antes que interpretaciones, construcciones, es decir, su dimensión, su naturaleza, su determinación, es categóricamente operatoria. Construyen y destruyen la realidad humana. Y no cabe olvidar que el eje precisamente de tales operaciones, su matriz fundamental, es el propio ser humano, sujeto operatorio o sujeto gnoseológico por excelencia.

De las Ciencias ha de hablarse siempre en plural —esto es, transgenéricamente—, y no en singular, porque no hay una sola y única ciencia, ni cabe considerar “lo científico”, como tampoco “lo cultural”, como un cosmos cogenérico que brota y participa armoniosa o fluidamente de la vida humana, en la línea idealista y psicologista de un Ortega. Las Ciencias son construcciones cognoscitivas de la realidad, y cada una de ellas constituye su propia categoría frente a las demás. Las Ciencias son ontologías gnoseológicas. Son realidades constructivas capaces de interpretar el mundo en tanto que lo van construyendo y delimitando. Su fin principal no es tanto el conocimiento del mundo cuanto su construcción y diseño.

Ha de quedar muy claro, además, que la Filosofía no es ni puede ser “la madre de las ciencias”, porque las ciencias parten de la técnica y se basan en su sofisticación, es decir, en el desarrollo de una tecnología que construyen y desde la que se construyen. Las Ciencias, además, se configuran y delimitan a partir de las competencias que generan sobre su propio campo de investigación, y sobre sus particulares capacidades para interpretarse constitutivamente a sí mismas, esto es, en lo que la Teoría del Cierre Categorial denominará autocrítica gnoseológica.

La filosofía es una ciencia orientada a constituirse en una crítica de las ciencias. Para la Teoría del Cierre Categorial la cuestión se plantea de otro modo. El estado coetáneo de tantas ciencias ya cerradas (no por ello terminadas) obliga a reconocer que la crítica de la filosofía a la ciencia ha de apoyarse en la propia «autocrítica» que las ciencias hacen de sí mismas (Bueno, 2001b: 22).

Se exige así la configuración de un espacio gnoseológico, cuyos ejes sintáctico, semántico y pragmático hagan posible una crítica de las ciencias, así como de sus modos y posibilidades de actuación.

En consecuencia, la Teoría del Cierre Categorial, como Teoría de la Ciencia constituida desde el Materialismo Filosófico, concibe las ciencias como realidades específicas, o subgenéricas, y nunca como realidades genéricas, o cogenéricas. No cabe hablar de una ciencia única, de una ciencia de ciencias, o de una ciencia soluble en una interpretación cultural o espiritual de un determinado pueblo o sociedad humana, tal como llega a sugerir Ortega en su filosofía raciovitalista. No. No cabe hablar de la ciencia en tales términos cogenéricos. Las ciencias son categorías específicas, no genéricas, constituyentes de la realidad y constituidas desde ella, de forma parcelada, particular, especial, colindantes categorialmente entre sí, sin perjuicio de toda posible interdisciplinariedad, allí donde gnoseológicamente resulte procedente.

Consideremos de forma puntual la crítica de Bueno (2001b) a la idea cogenérica de Ciencia propia de la filosofía orteguiana[1]. Ortega considera que la Ciencia es una forma específica más en el conjunto de especies que constituirían el género de la vida espiritual y cultural humana. Tal es la idea de Ciencia que sostiene, en términos extraordinariamente ideales y teoreticistas, la concepción culturalista del raciovitalismo orteguiano. Desde esta perspectiva idealista, Ortega llega a interpretar la Ciencia como una “forma” de Cultura. Es la suya una idea de Ciencia contraria al positivismo y empirismo decimonónicos, y reaccionaria ante concepciones descriptivistas. Hay en esta actitud de Ortega una dimensión profundamente espiritualista, de tradición indudablemente alemana, idealista y simbólica, desde la que se concibe el Espíritu como una suerte de forma incorpórea operatoria, con capacidad de acción, intervención y consciencia. No hay que olvidar que Ortega era, al fin y al cabo, catedrático de Metafísica en una época en la que las ciencias no habían logrado todavía el grado de heterogeneidad, pluralidad y diversidad que hoy día tienen. Piénsese que para Ortega la especialización científica —que hoy ha alcanzado un grandísimo desarrollo en cada campo categorial— significaba una auténtica aberración, próxima incluso a la “barbarie”: las ciencias debían conservar una homogeneidad cogenérica sobre sus diversidades específicas, es decir, debían discurrir siempre en coherencia genérica con las diferentes formas de vida humana y cultural[2].

Por su parte, la Teoría del Cierre Categorial sostiene una concepción no genérica, sino específica, de las ciencias, desde el momento en que cada ciencia constituye una categoría especial, constituida por un campo de investigación delimitado como propio, frente al de otras ciencias, y constituyente asimismo de una parcela específica de la realidad de la que las mismas ciencias brotan como tecnologías sofisticadas.

En su Teoría de la Ciencia, el Materialismo Filosófico se sitúa francamente en los antípodas de este idealismo, al considerar que el centro de gravedad de la Idea de Ciencia se basa en la identidad sintética, es decir, en la verdad científica de cada ciencia categorial específica. Para el Materialismo Filosófico, la Ciencia no es esencialmente una forma de conocimiento, sino una construcción del Mundo Interpretado (Mi), una construcción a la que, indudablemente, es inherente —y necesario— un conocimiento, el cual no funcionará como un fin en sí mismo, sino en todo caso como un medio de construcción de unas realidades —y de destrucción de otras—, un medio de acción pragmática y de operatoriedad gnoseológica.

La Idea de la Ciencia de Ortega no es gnoseológica, sino epistemológica y extragnoseológica. Porque es cogenérica, no transgenérica.

La Teoría del Cierre Categorial concibe la Ciencia como un hecho específico frente a otros hechos igualmente específicos (cultura, literatura, arte, religión, vida animal, etc.) Por esta razón la Teoría del Cierre Categorial exige segregar de los campos categoriales o científicos todo aquello que sea disociable de ellos, es decir, todo aquello que no sea un término propio de su categoría y constituyente de su campo científico. Las ciencias están constituidas por múltiples componentes, de los que habrá que segregar o excluir, mediante procesos de regresión hacia sus estructuras más esenciales (regressus), aquellos que impidan conformar verdades científicas, es decir, identidades sintéticas. Los componentes fenoménicos, psicológicos y autológicos, que son siempre elementos de partida, ha de ser superados mediante el regreso a sus referentes esenciales, estructurales y normativos.

Toda Teoría de la Ciencia habrá de dar cuenta de una gnoseología general, que se ocupará en primer lugar de la totalidad de las ciencias, y de una gnoseología especial, que se referirá en su caso a cada especialidad científica, es decir, a cada campo categorial o ciencia particular[3]. No cabe, desde presupuestos gnoseológicos, una interpretación cogenérica de las ciencias, como planteaba Ortega en obras como Misión de la Universidad (1930), En torno a Galileo (1942) o La idea de principio en Leibniz y la evolución de la teoría deductiva (1958).

Hemos dicho, siguiendo a Bueno, que la Gnoseología es una teoría ontológica de la ciencia, y hemos de insistir en que toda Gnoseología exige segregar los componentes psicológicos, fenomenológicos y autológicos del campo categorial o científico. El más psicológico de todos los componentes es el propio intérprete, es decir, el sujeto operatorio. En este sentido, es imprescindible literalmente des-humanizar las Ciencias, si lo que se pretende de verdad es no solo un conocimiento científico de la realidad, sino una construcción competente de esa realidad, es decir, una arquitectura gnoseológica de los medios que hacen posible su interpretación. Porque la verdad está en los hechos —verum est factum—, antes que en su interpretación gnoseológica, la cual, por otra parte, resulta indisociable de los propios hechos, porque está conjugada con ellos, es decir, con su Ontología. Gnoseología y Ontología son realidades conjugadas e inseparables. La una no se concibe sin la otra. Forma y Materia son inconcebibles por separado. Ni hay formas incorpóreas —tesis espiritualista e idealista, de la que brota desde la Idea del Dios teológico hasta el mito del Inconsciente freudiano[4]—, ni el ser humano puede acceder de ninguna manera a una materialidad no formalizada.

Ha de quedar claro que la verdad, o es científica, esto es, categorial, o no es. Fuera de las ciencias o categorías, no hay verdad (episteme), sino opinión (doxa). Pero es que la verdad científica es una propiedad de la materia —de la materia interpretada o formalizada, es decir, intervenida, construida, operada y categorizada por las ciencias—. La verdad no es, pues, una propiedad del intérprete —del sujeto—, como sostienen la epistemología y el idealismo. La verdad es una propiedad gnoseológica de los hechos, es decir, de la realidad material del mundo (M) interpretado operatoriamente por las ciencias (Mi). Al margen de lo que las ciencias son capaces de construir, no cabe hablar de verdad. Por eso no cabe concebir ni la ciencia, ni la verdad, como una adecuación, o correspondencia, entre lenguaje y pensamiento, ni como un descriptivismo o teoreticismo que de la realidad hace el lenguaje. Porque la realidad no se conoce por el hecho de pensarla —como creen los filósofos idealistas—, y aún menos por el hecho de decirla —como creen aún más ingenuamente los filólogos en funciones de hermeneutas—: la realidad se conoce en la medida en que se construye, es decir, en la medida en que se opera con ella y en ella. Lo operatorio siempre es previo a lo inteligible. El médico no cura las enfermedades pensándolas o diciéndolas, sino interviniendo operatoriamente, es decir, formal y materialmente, en el cuerpo del paciente. Es el paso decisivo que en la Historia de la Medicina lleva a cabo Andrea Vesalio en De Humani Corporis Fabrica (1543). Se me dirá que los críticos e intérpretes de la literatura no somos médicos. Evidentemente. Pero no por ello hemos de ser bobos. ¿Cómo vamos a hacer nuestro trabajo si ignoramos la realidad de los materiales literarios?

Hablar de “ciencias humanas” es, desde la Teoría del Cierre Categorial, en cierto modo, una redundancia y una contradicción. Una redundancia, porque todas las ciencias son, en definitiva, humanas, desde el momento en que están construidas por seres humanos operatorios, y no criaturas animales o divinas. Y una contradicción, porque, en tanto que “humanas”, las ciencias dejan de ser estrictamente ciencias, al incorporar a sus campos categoriales términos fenomenológicos, psicológicos, autológicos, y en tanto que “ciencias”, exigen la depuración o esterilización de todo contenido subjetivo de naturaleza humana. En este sentido, las Ciencias lo son en la medida en que sus procedimientos gnoseológicos sean capaces de procesar la neutralización o depuración de los componentes humanos, y de aproximarse a lo que, según la Teoría del Cierre Categorial aplicada a los materiales literarios, denominaremos, a partir de Bueno (1992), Ciencias de regresión extrema o metodologías α-1, frente a su contrapunto más distante, esto es, las Ciencias de progresión extrema o metodologías β-2.

Ocurre que las verdades científicas se alcanzan, a través de procesos de estructuración hacia sus contenidos esenciales (regressus), mediante contextos de justificación. A través de esta regresión hacia sus formulaciones esenciales o estructurales es posible la constitución de identidades sintéticas que permiten constituir verdades científicas, dentro de las cuales nada hay de “humano”, salvo los procedimientos de génesis, o contextos de descubrimiento, en todo caso, que, como puntos de partida, tienen siempre como premisa hechos psicológicos, fenomenológicos, autológicos, desde los que comienza a operar el sujeto gnoseológico o intérprete (sujeto operatorio). Nada hay de humano en la fórmula química de la glucosa (C6H12O6), como nada hay de humano en la definición del pentasílabo adónico [ o - - o - ], acentuado en primera y cuarta sílabas métricas, por mucha lírica que quepa observar en los versos que genuinamente evocaban al antiguo dios Adonis (O ton Adonin!), como nada hay de humano en el denominado acorde Tristán (fa, si, re sostenido, sol sostenido), con el que Wagner inicia su ópera Tristán e Isolda (1865).




La interpretación científica implica siempre una des-humanización, no del arte en sí mismo, sino de los fenómenos artísticos de los que partimos. Regresar a las estructuras esenciales de la ópera wagneriana, como regresar a las estructuras esenciales de la lírica griega o española compuesta en versos adónicos de cinco sílabas métricas, como regresar a las esencias que objetivan diabetes en un cuerpo humano por exceso de glucosa en la sangre, exige partir, respectivamente, de la melodía que oímos, de los versos que se recitan o leen, y del cuerpo de la persona que sometemos a una analítica —es decir, implica partir de los fenómenos— para retrotraerse (regressus) a las esencias, esto es, a una partitura musical interpretable solo desde la Teoría de la Música (y que permanecerá ilegible para quien desconozca esta ciencia, y la técnica del solfeo), a una estructura poética que solo comprenderá quien conozca las leyes de la métrica [ o - - o - ], y a una formulación que solo podrá justificar racionalmente quien disponga de conocimientos químicos y médicos, al identificar en el referente de C6H12O6 un monosacárido de tal composición molecular.

Otra cuestión que no debe olvidarse en ningún momento de nuestra exposición es que las ciencias —como tampoco su interpretación gnoseológica— no se agotan en su relación con la ideas de Verdad y de Conocimiento. Las ciencias no se limitan al conocimiento, sino que van más allá: no solo conocen, construyen. Son operatorias antes que cognoscitivas. Las ciencias construyen la realidad, no se limitan a interpretarla. No hay que confundir la labor interpretativa del ser humano, como protagonista engreído de una aventura hermenéutica, con la inmediatez y finalidad de las ciencias, constructoras de realidades generadas por el propio ser humano en tanto que homo faber más que homo sapiens. La Ciencia no es una hermenéutica. Y la Filología, como la Teoría de la Literatura o la Lingüística, no debe ni puede verse reducida a una hermenéutica de los hechos humanos, o de los materiales literarios o lingüísticos, sin que algo así implique un gravísimo menoscabo de sus competencias gnoseológicas y operatorias.

La Ciencia no es solamente un conocimiento: es ante todo y sobre todo una construcción. Y en esa construcción, dada inicialmente en contextos de descubrimiento, hay errores, limitaciones e ignorancias que será necesario subsanar y superar a través de contextos de justificación, que permitan acreditar y corregir retrospectivamente hallazgos previos. El descubrimiento de América[5], protagonizado por Colón en 1492, no se justifica hasta que la cartografía de comienzos del siglo XVI, de la mano de Américo Vespucio, en obras como Mundus Novus (1503) y la Carta a Soderini (1505), sirve a Martin Waldseemüller para editar en 1507 su Universalis Cosmographia, planisferio terrestre en el que se acredita que América es un nuevo continente, y no —como se pensaba intencionalmente hasta entonces— la geografía más meridional u occidental de Las Indias. No basta descubrir un hecho o una realidad: la Ciencia exige siempre justificar —y saber justificar— el descubrimiento de sus hallazgos, es decir, exige saber explicarlos racionalmente en relación con el nuevo estado que impone el orden de las realidades recién descubiertas.

Por todas estas razones, exigir a las Humanidades que humanicen a la Humanidad[6], al ser humano, o a cualquier otro ente, sea humano, animal o divino, como de forma reiterada ha hecho, entre otros, George Steiner (1999), es una ridiculez y una simpleza, que entraña, entre otras cuestiones, no solo carecer de una Teoría de la Ciencia mínimamente solvente, sino incluso de una Idea definida de Ciencia, de la que siempre estarían excluidas, sin posibilidad alguna de hacerse inteligibles, las —por gentes como Steiner denominadas— “ciencias humanas”.

Frente a estas tendencias idealistas, relativistas, e incluso amaneradas, el Materialismo Filosófico como Teoría de la Literatura considera que interpretar un hecho literario es aplicar un criterio construido formalmente a partir de los propios materiales literarios, es decir, en conjugación con ellos mismos —esto es, con la propia Literatura—, de modo que los resultados obtenidos de esta interpretación puedan circular de forma sistemática dentro del campo categorial de la Teoría de la Literatura como Ciencia de la Literatura.






Notas

[1] Siguiendo a Bueno (Maestro, 2009), entendemos por cogenérico lo dado en todas las especies de un mismo género [Eg]. En este contexto de la teoría holótica, lo transgenérico apela a las especies presentes en dos o más géneros [Gx, Gy, Gz…], y lo subgenérico designa los rasgos distintivos o específicos de una especie [E1] en su género.

[2] Como advierte Bueno (2001b), “quien se sitúa desde la perspectiva del Materialismo Filosófico advertirá que estas interpretaciones de Ortega no rebasan el horizonte de lo que hoy llamaríamos sociología de la ciencia [...]. La perspectiva cogenérica (genérica) de Ortega pone en el mismo plano tanto la actuación de las motivaciones que impulsan a la ciencia a circunscribirse en sus «órbitas», como a las que impulsan las tendencias soberanistas e imperialistas de las artes, o de los Estados, a mantenerse en su particularismo o a reabsorber, en sus respectivas esferas, a las demás. Dicho de otro modo, la perspectiva cogenérica impide de hecho advertir los mecanismos efectivos de cierre, en virtud de los cuales las ciencias se circunscriben a sus categorías, confundiendo esos mecanismos de cierre con los mecanismos partidistas, soberanistas o imperialistas de otras formaciones culturales (incluida la ciencia en lo que tenga de formación cultural)”. Como señala Bueno (2001b), la ciencia sería para Ortega una “especificación cogenérica de la vida espiritual humana”.

[3] Sobre gnoseología general y gnoseología especial, vid. Bueno (1992: II, 275-292).

[4] El Inconsciente freudiano es, además, una forma incorpórea dotada de competencias operatorias, a las que se atribuye, incluso, por si fuera poco, la capacidad de sustraerse a la razón, de ser superior al racionalismo humano, y de vencerlo y burlarlo en cualesquiera circunstancias y tesituras. El Inconsciente freudiano sería algo así como un Dios todopoderoso e inmutable, indomesticable e incognoscible, que todo ser humano lleva dentro, y del que resulta imposible desasirse o desligarse, que aflora sobre todo durante el sueño, y que, para terminar, o para empezar, nos tiene —según los postulados freudianos— cogidos por los mismísimos genitales, núcleo energético fundamental de las actividades humanas todas. Indudablemente, semejante duende, demon o numen, tiene una gracia extraordinaria. Lástima que solo exista en la imaginación de los relatos freudianos, y en la mente de sus creyentes lectores. Si Nietzsche hubiera podido leer los escritos de Freud solo habría reconocido en ellos la expresión más caricaturesca y épica de sus propios escritos. Cuando no un plagio de aspectos esenciales de su propio pensamiento.

[5] Sobre esta cuestión, vid. el célebre artículo de Bueno (1989) sobre “La Teoría de la Esfera y el Descubrimiento de América”, citado en la bibliografía.

[6] Sobre la cuestión del Humanismo, y en particular sobre el mito del Humanismo, no será ocioso citar las siguientes palabras: “«Humanismo» es término que aparece por primera vez en el siglo XVIII en las Éphémérides du citoyen, tomo primero, entrega XVI, París, viernes 27 de diciembre de 1765, y figura en el libro de F. I. Niethammer, Der Streit des Philanthropinismus und Humanismus, Jena 1808, reivindicado en su bicentenario («Happy birthday humanism», por la revista británica New Humanist. The magazine for free thinkers, vol. 123, marzo-abril 2008; ver la entrada «Humanismos & humanistas» en filosofia.org/mon/humano.htm) […]. El concepto de humanista del Renacimiento designa a un ciudadano o a un súbdito que había llegado a ser experto en «letras clásicas» (como profesor, como editor, o como dómine pedante, es decir, como maestro a domicilio), como maestro en letras humanas, pero no propiamente en letras divinas. A pesar de dedicarse a «las letras» no por ello era considerado como «letrado», que era el adjetivo correspondiente al experto en Leyes. Los humanistas podían alcanzar un gran prestigio social y político (como Luis Vives, Erasmo o Tomás Moro); sin embargo, lo cierto es, que en las universidades españolas del siglo XVI, por ejemplo, los catedráticos de Gramática tenían una asignación de 1.800 maravedíes, frente a los 3.750 de los catedráticos de Teología, y frente a los catedráticos en Leyes, que podían alcanzar los 7.500 maravedíes” (Bueno, 2015: 2).




                  5.6.1.1. Conceptos previos a la organización de las Ciencias.

                           5.6.1.1.1. Impugnación de las clasificaciones dicotómicas o binarias de las Ciencias.
                           5.6.1.1.2. Metodologías α-operatorias y Metodologías β-operatorias.
                           5.6.1.1.3. Procesos de Progresión (progressus) y Regresión (regressus) de las Ciencias.
                           5.6.1.1.4. Principio de Neutralización de Operaciones.

                  5.6.1.2. Organización gnoseológica de las Ciencias.

                           5.6.1.2.1. Ciencias Naturales o ciencias de regresión extrema (Metodologías α-1).
                           5.6.1.2.6. Ciencias Políticas o ciencias de progresión extrema (Metodologías β-2).





Referencia bibliográfica de esta entrada


  • MAESTRO, Jesús G. (2004-2015), «Teoría de la Literatura y Teoría del Cierre Categorial», Crítica de la Razón Literaria. El Materialismo Filosófico como Teoría de la Literatura, Vigo, Editorial Academia del Hispanismo (I, 5.6), edición digital en <http://goo.gl/CrWWpK> (01.12.2015).


Bibliografía completa de la Crítica de la Razón Literaria





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